Se encontraron 7 resultados sin ingresar un término de búsqueda
- LA CUEVA DONDE LOS NEANDERTALES ESTAN MAS VIVOS QUE NUNCA
INSPIRACIÓN NEANDERTAL / Yacimiento arqueológico Las cuevas de Les Teixoneres y del Toll son dos excepcionales yacimientos arqueológicos y paleontológicos que llevo visitando desde hace mucho tiempo. Estos dos lugares tienen la capacidad de despertar mi imaginación y en ellos, los neandertales se me presentan más vivos que nunca. Siempre hago lo mismo. Desde hace muchos años. Lo mismo. Una vez al año busco un día en el cual no se ofrezcan visitas en las cuevas del Toll, normalmente una tarde de un día laborable. Normalmente, voy sin compañía, a pesar de que algunas veces me he dejado acompañar, a menudo por mi perra. En este lugar tan excepcional me resulta sencillo imaginar a los neandertales tumbados sobre la piedra del vestíbulo de la cueva, calentándose al sol primaveral. O bien, acurrucados alrededor de una hoguera en el fondo de la cavidad, buscando seguridad en la penumbra de la noche. Quizás ocupados rehaciendo sus herramientas malogradas, aprovechando la luz natural. Tal vez remontando el margen del torrente para abastecerse de agua. O acaso, emboscados entre los robles, al acecho de jabalíes. Probablemente, curioseando en el interior de la vecina cueva, pues ya entrada la primavera, ningún oso ha decidido emerger de ella. Entre árboles y piedras, los humanos y las bestias se me presentan más vivos que nunca, a pesar de que todos ellos ya hacen muchos miles de años que no están. La razón es que las cuevas de las Teixoneres y del Toll han sido, desde hace más de quince años, mi principal inspiración y el modelo sobre el cual he construido la cueva del oso y los humanos de la novela El niño tejón. Cuando llego al Parque Prehistórico, siempre estaciono el coche en el aparcamiento que hay junto al centro de información y venta de entradas, y hago el recorrido marcado, sin prisas, deteniéndome donde tantas veces me he parado. LA CUEVA DEL TOLL Primero me dirijo a la cueva del Toll. Una puerta de hierro impide la entrada al visitante para preservar el yacimiento y la cueva en sí. Un par de veces, quizás tres, me he incorporado a las visitas guiadas por el interior. Siempre encuentro que los guías hacen su trabajo perfectamente, haciendo amena la visita y dando importancia a aquello que lo merece. El cartel informativo que hay en el exterior me deja claro la relevancia del registro paleontológico y arqueológico de la cavidad, puesto que la cueva se conoce como “El Palacio de la fauna cuaternaria”. La razón es evidente; aquí se han hallado numerosos restos de oso, de hiena y de león de las cavernas, de rinoceronte, de caballo salvaje, entre otros muchos carnívoros y herbívoros de la época. También abundantes restos humanos, no de neandertales, sino de Homo sapiens del Neolítico. La última ocupación humana encontrada a la cueva fue en la edad de Bronce, poco antes de que un desprendimiento de piedra taponara la entrada principal. Cómo se descubrió esta entrada desaparecida es una historia curiosa que hay que conocer y por supuesto, hay que pasear por sus dos largas galerías, notar la frescura y la humedad, admirar los cambios de colores y las caprichosas formas calcáreas de las paredes, escuchar la voz del guía hablando de fieras prehistóricas... Siempre que las lluvias permitan su visita, puesto que la cueva es una cavidad en constante crecimiento en la que, en episodios de fuerte lluvia, las galerías quedan inundadas. Durante la campaña de excavación del 2024 se ha instalado un tejado y una rampa de acceso y se ha empezado a excavar en la zona exterior de la entrada, en un intento de encontrar el lugar donde los neandertales procesaban los restos de los osos de las cavernas que no sobrevivían a la hibernación en el interior de la cueva. LA CUEVA DE LAS TEIXONERES Después llega la cueva de las Teixoneres, a pocos metros de las del Toll. También se ha protegido su interior del paso de la gente con una reja. Para quien quiera acceder a la cavidad, lo puede hacer durante las campañas de excavación, siempre que no se interfiera con el trabajo de los arqueólogos. Recuerdo que la primera vez que fui a la cueva de las Teixoneres, los arqueólogos estaban excavando, de aquello quizás hace quince años, quizás más. Esperé a que la campaña de excavación finalizara y los arqueólogos se marcharan de Moià. Entonces regresé, a sentarme en el camino con la mirada puesta en la entrada de la cueva, a observar con detenimiento, sin prisas y sin ser un estorbo, a remover entre los terrones descartados por los arqueólogos y depositados en un margen a la espera que el personal de mantenimiento los ubicara donde procediera. Entonces los arqueólogos estaban excavando el nivel de cincuenta mil años atrás y a mí me costó poco imaginarme cómo tendría que ser la vida, allí mismo, tantos años atrás. Continúo yendo, pero ahora me siento en la pasarela de madera cubierta con tejado, y observo a través de la reja cómo, año tras año, los trabajos avanzan y la cueva va recuperando el aspecto que tendría en el Paleolítico Medio. Porque las Teixoneres es, a diferencia de la del Toll, una cueva muerta que quedó totalmente colmada de sedimentos, y solo con la actividad de excavación está recuperando su dimensión original. El yacimiento presenta una secuencia estratigráfica de más de 6 metros que condensa la historia de los neandertales en la zona del Moianés, desde su aparición hasta su desaparición. Los neandertales hacían un uso esporádico de la cueva, con estancias de corta duración, dejando a su paso indicios de su actividad doméstica, como por ejemplo los restos de los hogares, los huesos de animales cazados y procesados, las herramientas de piedra... Y también los restos humanos. Durante las campañas de excavación del 2016 y 2017 se recuperaron cuatro dientes de neandertales; tres dientes pertenecientes a dos individuos infantiles y una muela de un individuo senil. La campaña del 2023 recuperó dos fragmentos de occipital y un fragmento de clavícula de un neandertal juvenil de más de cincuenta dos mil años que presentaba marcas de procesamiento por parte de sus congéneres. La última campaña, la del 2024, se enfocó en excavar los estratos más antiguos de la cueva, descubriendo restos de animales de gran talla como rinocerontes, osos de las cavernas, uros y otros de hace unos doscientos treinta mil años de antigüedad, así como alguna herramienta de piedra, lo que demuestra que los neandertales estuvieron en la cueva en esas épocas. Y cuando los neandertales no ocupaban la cueva, lo hacían los grandes carnívoros de la época, que la utilizaban como lugar de cría, en el caso de las hienas, o como refugio por parte de leones o panteras. Las hienas prehistóricas tenían la costumbre de acumular los restos de sus presas en el fondo de las cuevas que usaban, cosa que ha permitido a los arqueólogos acceder a un importante y abundante registro de la fauna de la zona de la época prehistórica. El tiempo corre y yo continúo el recorrido, pasando por varios puntos de interpretación que me explican la vida al Paleolítico y el trabajo de los arqueólogos. LA SURGENCIA De las Teixoneres me acerco a la Surgencia, pasando por el Cau, donde ahora se puede observar la figura de una madre osa con sus tres cachorros, y un poco más allá, la figura de un rebeco me contempla desde las alturas. De la Surgencia siempre me ha impresionado la magnitud de su balma. Allí toco la roca para sentir la humedad, cierro los ojos y escucho los goteos, entro a la Cueva Muerta, intento divisar dentro de la cavidad de la Surgencia y, alguna que otra vez, he podido seguir el curso de agua que, después de circular por el interior de la cueva del Toll, sale al exterior por la Surgència y va a parar al torrente. Nunca he visto que se esté excavando en este lugar, pero a mí bien me parece que la balma podría haber sido utilizada como lugar de cobijo en la época de los neandertales. EL TORRENTE MAL Queda descender al torrente Mal, pasando por la reconstrucción de un poblado neolítico, el cual observo de pasada, y por las pequeñas cavidades superficiales denominadas Les Covetes. Este torrente es afluente de cabecera del río Llobregat y presenta un régimen típicamente mediterráneo, alternándose periodos largos con el cauce seco, o casi, con periodos cortos con agua circulando por el torrente, pudiéndose dar crecidas generosas y repentinas de caudal en episodios de fuertes lluvias. Esta primavera ha sido generosa en lluvias, y el salto de agua de la poza me alegra el oído con su tintineo. El bosque de ribera está muy conservado, con álamos, fresnos y chopos, con un sotobosque donde es fácil encontrar fresas y violetas en flor. Y algún año, si dispongo de tiempo, me acerco al Museo Arqueológico y Paleontológico de Moià, para admirar los restos encontrados en la cueva del Toll que están expuestos en vitrinas. RESUMIENDO... El Parque Prehistórico de las Cuevas del Toll es un conjunto kárstico de gran belleza que forma parte del Geoparque de la Cataluña Central y que las excavaciones arqueológicas y paleontológicas han convertido en referente mundial en cuanto al estudio de los neandertales y de la fauna con la cual estos humanos coexistieron. El Parque tiene 5 hectáreas forestales con diversas cuevas, simas, madrigueras, balmas, brolladores... dentro de un robledal con sotobosque de boj, que este año ha rebrotado todo lo que la mariposa del boj se comió años atrás. Este lugar tan idílico está muy cerca de la ciudad de Moià, a tan solo 7,5 km y a menos de dos horas en coche desde Barcelona, lo que hace que sea un lugar bastante visitado. Según consta en la web del Parque, en 2024 fue visitado por más de 25.000 personas. Antes ya había sido excavado, pero el equipo de arqueólogos de la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona y del Instituto Catalán de Paleoecología Humana y Evolución Social trabaja en el yacimiento desde el 2003. Por cierto, la novela se puede descargar, gratuitamente en pdf en la página web: https://www.la-narradora-neandertal.com/. También, si quieres, puedes leer solo los primeros capítulos en la sección del blog.
- ¿CÓMO DEBE HABLAR UN NEANDERTAL EN UNA NOVELA DE FICCIÓN?
MAKING OF / Evidencia científica ¿Cómo debe que hablar un neandertal en una obra de ficción? ¿Con un lenguaje rico y familiar o con un léxico reducido? Cuando la trama está clara y los personajes definidos, es el momento de plasmarlo en palabras escritas. Entonces se plantea un dilema: ¿cómo tienen que hablar los protagonistas? Los tiempos en que se consideraba a los neandertales seres grotescos que se limitaban a gruñir y berrear han quedado atrás. Pero, ¿hay que utilizar nuestro lenguaje, con toda su complejidad y riqueza, como si fuera el suyo? Veamos lo que dice la ciencia al respeto. EVIDENCIAS CIENTÍFICAS El año 2001 se descubrió la relación entre un gen de nuestra especie, el gen FOXP2, y el lenguaje al encontrar que su mutación provocaba dificultades en el habla a la persona portadora. Años más tarde se vio que solo había dos nucleótidos de diferencia entre el gen FOXP2 de los chimpancés y entre el mismo gen de los humanos. El 2007 el departamento de genética del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, de Leipzing, Alemania, quiso comprobar qué versión del gen FOXP2 había en el ADN neandertal. Y resultó que los neandertales tenían la versión de los humanos actuales. Desde aquel descubrimiento se empezó a considerar la posibilidad de que los neandertales pudieran comunicarse del mismo modo que lo hacemos los humanos actuales. Este año 2025 ha salido publicado en la revista Nature Communications un estudio basado en la proteína NOVA1, conocida para ser vital en el desarrollo del cerebro. Mediante la técnica de edición genética CRISPR se sustituyó la NOVA1 de ratones por la NOVA1 humana. Y los ratones empezaron a emitir sonidos diferentes para comunicarse entre ellos, como si quisiesen vocalizar. Pues resulta que esta proteína es exclusiva de los humanos actuales y no se encuentra en los neandertales, y por ello los autores del estudio sugieren que, el hecho que los neandertales no tuvieran la proteína, les podría haber limitado el habla y que ello podría haber dado ventaja evolutiva a los sapiens frente a los neandertales y denisovans. Pero la presencia de una variedad genética no es la única razón por la cual los humanos podemos hablar. Esta habilidad también depende de otros factores, como las características anatómicas de la garganta y de las áreas del cerebro que trabajan juntas para permitir que las personas hablen y comprendan el lenguaje. EVIDENCIAS ANATÓMICAS En el año 1989 se descubre un hueso hioides neandertal casi completo en un yacimiento en Kebara, Israel. El hueso hioides es el único hueso del trato vocal, apoya a la laringe y sirve como anclaje de la lengua y otros músculos necesarios en la fonación. En el año 2013 sale publicado un artículo en la revista PLOS ONE con los resultados de la comparación entre las propiedades biomecánicas del hioides de Kebara y el mismo hueso en el Homo sapiens. Los resultados confirmaron que la microestructura interna del hioides de Kebara era muy similar a la del hioides de los humanos modernos y que la estructura histológica del hueso de Kebara era típica de un hueso sometido a la actividad metabólica intensa y constante, como por ejemplo el lenguaje. En mayo del 2020 se publica en la revista científica Jornal of Human Evolution un estudio donde se compara la morfología de los lóbulos parietales de neandertales y humanos modernos. Esta área del cerebro está relacionada con las habilidades que permiten la imaginación visual, la gestión del espacio y del tiempo, la creación de herramientas e incluso las relaciones sociales. El estudio encontró diferencias significativas entre las dos regiones cerebrales, lo que llevó a los autores del estudio a especular que los neandertales eran menos capaces de un pensamiento intermodal, es decir, que tenían limitada la capacidad para crear estructuras lingüísticas complejas mediante la combinación de diferentes conceptos. En marzo del 2021 se publica un artículo en la revista Nature Ecology & Evolution en el que, mediante exploraciones de tomografía asistida por ordenador, se recrea un modelo completo del campo de audibilidad neandertal. El resultado fue que el ancho de banda ocupado de los neandertales era mayor que el de los homínidos de la Sima de los Huesos y similar al de los humanos actuales, lo cual implica que los neandertales desarrollaron las capacidades auditivas necesarias para apoyar a un sistema de comunicación vocal tan eficiente como la palabra humana moderna. Un artículo científico del 2023, publicado en varias revistas y que forma parte del libro Neandertales del fin del mundo. Nuevas persectivas para Iberia (editorial Universidad de Sevilla, 2025), aborda extensamente este tema. El artículo lleva por título The Cas of Neanderthal Language(S): A Multidisciplinary Approach y el autor es Antonio-Benítez-Burraco. Otras evidencias. Este año 2025 se ha publicado un artículo que podríamos relacionar con el tema que nos ocupa. La revista Science ha publicado un estudio en el que se demuestra que los chimpancés bonobos (Pan paniscus) son capaces de combinar sus gritos de forma compleja, formando frases distintivas, similares a cómo nos comunicamos los humanos actuales. Hay que recordar que la línea genética de los humanos y los bonobos divergió hace más de 7 millones de años. Este hallazgo sugiere que las raíces del lenguaje complejo son mucho más profundas del que se creía. MI PRIMERA CONCLUSIÓN Parece que todas estas evidencias van en la misma dirección, la que los neandertales eran capaces de producir y oir sonidos similares a los nuestros y que tenían un sistema de comunicación complejo y eficiente. Si queremos ser muy meticulosos, parece que su sistema de comunicación podía ser más senzillo estructuralmente y funcionalmente menos flexible. LA LITERATURA DE FICCIÓN ¿Y en la literatura de ficción ya publicada, como hablan los neandertales? No tengo todas las novelas de ficción en la cual los neandertales son los protagonistas o coprotagonistas, pero sí algunas de las publicadas en castellano o catalán, o bien traducidas a estas lenguas, en los últimos años. Aquí reproduzco alguno de los diálogos de cada una de las obras que dispongo. KURTÉN, Björn. La danza del tigre. Plot Ediciones 2001 (con prólogo de Juan Luis Arsuaga). “–El pueblo negro vivía en un gran campamento que no estaba muy lejos de la costa. Habían llegado del sur aquella primavera –narró”. AUEL, Jean M. El clan del Oso Cavernario, publicado por varias editoriales. La mía es del Periódico EL PAIS Novela Histórica, del 2005. “–Bueno, de todos modos, ¿cómo podía volverse de repente normal y saludable el niño que nación deformo? –replicó Oga”. MEDIANO, Lorenzo. Tras la huella del hombre rojo. Editorial DeBOLSILLO 2006. “–Madre, prepara un zurrón cono bellotas. Bid va a regresar a la encrucijada de los tres ríos –dijo Bid”. ROUDIER, Emmanuel. Neandertal, libros 1, 2 y 3, cómico. Publicados en francés por Guy Delcourt Productions en el 2007 y en versión integra y en castellano por la editorial NORMA en el 2012. Yo tengo la versión francesa. “–Tant mieux! On n’a pas besoin d’elle pour se faire repérer! Si tu ne te dépéches pas, on risque d’avoir des soucis beaucoup plus graves tres bientôt!” PÉREZ HENARES, Antonio. La canción del Bisonte. Ediciones B 2018. “–Golpea ahí con la piedra. Es el mejor sitio. Con la lanza, mejor detrás de la pata delantera, de atrás adelante, y para rematar por la oreja.” ESCURA DALMAU, Xavier. La leyenda de Arga. Ediciones Carena 2019. “–Aren ha demostrado ser muy astuto! –les decía el líder, maravillado y vehemente a la vez–. Con menos esfuerzo ha desplazado una roca más grande que la de Gur. Y, además, la ha hecho llegar más lejos. ¡La ha metido dentro del río! ¿Lo habéis visto? MI SEGUNDA CONCLUSIÓN En todos los casos, se utiliza el lenguaje actual con toda su riqueza y familiaridad. ¿Por lo tanto, cómo tengo que hacer hablar a los protagonistas de mi obra El niño tejón? Soy bilingüe, pero mi idioma dominante es el materno, el catalán. En consecuencia, los neandertales de mi historia hablan catalán dentro de mi cabeza. En 2013, con las evidencias científicas que se tenían en aquel momento y con la literatura de ficción publicada hasta entonces, empiezo a gestar y redactar la historia en un catalán moderno y familiar, sin más limitaciones que las propias de una obra ambientada en la prehistoria. En plena pandemia de COVID reviso el contenido de la obra y me doy cuenta de que hay algo que no me convence. Entonces, y con nuevas evidencias científicas, decido separar la voz de los protagonistas neandertales de la del narrador sapiens. Reescribo la obra íntegramente, limitando el lenguaje de los neandertales a frases cortas con un léxico reducido. Después de pensarlo mucho, decido que con 8 palabras por frase un neandertal puede explicar cualquier cosa. Al mismo tiempo, mantengo las estructuras largas y complejas limitadas a la voz del narrador. También hay otros aspectos que consideré importantes y que he intentado mantener a lo largo de toda la obra. Los neandertales no cuentan. Hay uno y muchos o pocos. Los colores no tienen nombre. Se refieren a ellos mediante comparaciones con elementos naturales del mismo color. No utilizan dobles sentidos, ni metáforas, ni otras figuras retóricas. Hay limitaciones de conceptos abstractos. Llegados a este punto, quiero remarcar que ningún estudio científico puede, de momento, corroborar o desmentir esta manera de habla. Por lo tanto, que el lector lo considere una licencia literaria de la autora de la obra. Por cierto, la novela se puede descargar, gratuitamente en pdf en la página web: https://www.la-narradora-neandertal.com/. También, si quieres, puedes leer solo los primeros capítulos en la sección del blog.
- EL SEÑOR N, EL NEANDERTAL MÁS FAMOSO DE LA PREHISTORIA
INSPIRACIÓN NEANDERTAL / Museo Supe del señor N cuando ya estaba pensando en la trama de la novela El niño tejón. Lo descubrí de casualidad, en una imagen impresa, y me gustó de inmediato. Aquel hombre más bien bajito, ya mayor, entrado en carnes, con el pelo y la piel cobriza, con aires de estar cansado y con una sonrisa burlona, me inspiró al viejo Uyu de la novela. Hace mucho tiempo que tenía ganas de encontrarme con el señor N cara a cara, aunque para ello tuviera que ir hasta el lugar donde fue enterrado, en el valle del Neander, Alemania. El señor N nació en 2010, de la mano del artista forense y escultor, el Dr. Hermann Michel, el cual hizo una reconstrucción en silicona de cómo podía haber sido un hombre neandertal, utilizando para la reconstrucción los restos óseos encontrados dentro de una cueva en el valle del Neander en Alemania, a pocos kilómetros de Düsseldorf, por los trabajadores de una cantera, ahora hace dos siglos. Allí se encontró una costilla, un fragmento del cráneo y una decena más de huesos del esqueleto postcraneal, entre ellos los dos fémures. En el momento del hallazgo, los restos generaron un intenso debate sobre su origen, y no fue hasta ocho años más tarde, en 1864, que el británico William King definió para esos restos una nueva especie humana, Homo neanderthalensis. Mirando detenidamente el señor N, queda claro que el artista que lo creó buscó reflejar con precisión las características físicas de los neandertales basándose en la evidencia científica disponible en aquel momento, pero a la vez lo dotó de personalidad, dándole una expresión tranquila, accesible e incluso amable. La expresión facial del señor N responde mucho a la creatividad e imaginación del artista, con una clara voluntad de establecer conexión emocional con aquellos que lo observaran, alguien con quien podamos identificarnos, aunque estemos a más de cuarenta y cinco mil años de distancia. Yo lo quería ver, quería observar al señor N de bien cerca, estar cara a cara con él. EL NEANDERTHAL MUSEUM DE METTMANN El señor N está expuesto en el Neanderthal Museum de Mettmann, uno de los museos más modernos de Europa dedicado íntegramente a la cultura de los neandertales y a la evolución humana. Y no hace falta decir que esta reconstrucción es una de sus piezas más destacadas. En Alemania puede hacer calor en agosto, y la bonita región de Renania del Norte-Westfalia no es una excepción. Aun así, dentro del museo la temperatura es agradable. En las modernas instalaciones del museo se puede hacer un recorrido a través de los últimos 4 millones de años de la evolución humana, admirando restos óseos originales y reproducciones, herramientas de piedra tallada, incluso una cría de mamut, entre otros muchos objetos francamente interesantes. Pero lo que realmente destaca en este museo son las numerosas y magníficas reconstrucciones termoplásticas, de cuerpo entero y tamaño natural, de las diferentes especies de homínido. Muchas de estas reconstrucciones reposan de pie, sobre un impresionante entramado de madera; todas te miran, sonríen y ninguna te deja indiferente. Los autores de la mayoría de estas reconstrucciones son dos paleoartistas de los Países Bajos, los hermanos gemelos Adrie y Alfons Kennis, que poseen obras repartidas por los museos de toda Europa, desde Lucy a Ötzi. Siempre, y en esto, ellos son muy estrictos, reconstruyen a partir de los restos fósiles encontrados por los arqueólogos en los yacimientos. Siempre, y ellos lo reconocen, los dotan de humanidad, aunque tengan que especular sobre músculos, nervios y expresiones faciales. Recorro la planta baja del museo con la mirada y busco al señor N, sin éxito. Al poco de empezar la visita descubro una vitrina con los restos de un esqueleto humano. Se me acelera el pulso solo de pensar que son sus huesos, los mismos que fueron encontrados en 1856. La emoción se me pasa pronto cuando leo en una diminuta etiqueta del interior de la vitrina que los huesos que observo son reproducciones y que los originales están en el LVR-Landas Museum de la ciudad de Bonn. Continúo buscando al hombre a quien he venido a conocer y, al acceder al segundo piso, lo diviso de inmediato. Está ubicado en un lugar muy visible de la sala, sobre un pedestal redondo de plástico de color amarillo, con una inmensa letra N iluminada por luces de neón que cuelga sobre su cabeza, como si fuera una estrella del rock. ¡Es imposible resistirse a hacerse unas selfis a su lado, imposible! No es la única reconstrucción de neandertales del museo por la que tengo interés. En el primer piso destaca una copia casi idéntica de NANA, una mujer neandertal expuesta en el Gibraltar National Museum. La mujer está sola, sin el niño pequeño que la acompaña en Gibraltar, tiene los cabellos más largos y lleva los restos de una ave en una de las manos. En varios lugares del Museo hay representaciones de campamentos neandertales, con figuras bien hechas y muy abrigadas con pieles. Aun así, y una vez admirado el señor N, dedico mi atención a otro neandertal bastante famoso; el señor Clooney. Desde 2012 el Museo dispone de una réplica en silicona y tamaño natural de un hombre neandertal de cabellos grises, vestido con unos elegantes pantalones y americana de color azul oscuro, corbata y camisa a juego, con unas impolutas bambas blancas y con barba de tres días, como si fuera un ejecutivo o un artista de cine contemporáneo. Me detengo a observarlo, de lejos y de cerca, me coloco a su lado e imito su postura; yo con el móvil en la mano, él con una herramienta de piedra. ¡Y más selfis! Con esta reproducción el museo busca hacer entender a los visitantes que, de hecho, los neandertales no eran tan diferentes físicamente de nosotros. Los señores N y Clooney no son los únicos neandertales famosos. También está QUINA, la niña de unos ocho años reconstruida a partir del cráneo infantil encontrado al yacimiento de La Quina, en Francia, en 1908 (el cráneo original está al Museo Nacional de Historia Natural de Smithsonian). Y cuando finalmente encuentro a la niña, sonrío, como ella, que lo hace tímidamente. El Museo la ha colocado sentada en medio de una gran sala, con suficiente espacio para que el visitante se detenga a su lado. Va completamente vestida y pienso que, quizás, la ropa es demasiado elaborada para un neandertal. Me siento a su lado y la abrazo con mucho cuidado, con la esperanza de que nadie se dé cuenta de mi gesto. Me esperaba también encontrar a WILMA, la mujer pelirroja que una portada de la revista National Geographic de noviembre del 2008 hizo famosa. Pero por más que la busco, no la encuentro. Nadie me sabe decir dónde está. LA TORRE HÖHLENBLICK Una vez fuera del Museo, me pregunto: ¿Qué hay en el sitio exacto donde se descubrieron los huesos del señor N? Un corto y muy señalizado paseo por el bosque próximo al Museo me lleva justo al lugar donde se encontró el esqueleto que daría nombre en la especie años más tarde. Para mi sorpresa, en la actualidad no queda nada de la cueva donde se encontraron los restos, ni siquiera de la montaña donde esta se abría. Y para más sorpresa, en el centro de un llano se levanta una enorme torre circular de madera y hierro, la torre Höhlenblick que, a través de una larga y continua rampa de madera, me permite ir subiendo hasta el equivalente de unos 8 pisos de altura. Mientras subo, voy recibiendo información gracias a plafones interpretativos y me entero de que, durante años, la actividad extractiva de una cantera destruyó el yacimiento. Cuando llego al final de la rampa, entiendo que estoy en el punto exacto donde en 1856 se hizo el hallazgo. Y allí están los huesos del señor N, que tampoco son los originales. Unas reproducciones un poco descoloridas están colocadas en la misma posición anatómica en que fueron encontrados. Es extraño, pero a la vez emocionante. Un código QR me permite ver a través del móvil una representación de cómo debía de haber sido el momento de su despedida: dentro de la penumbra de la cueva, una mujer joven con semblante serio, arrodillada junto al cuerpo del hombre que yace boca arriba, deposita tierra cobriza en el pecho del hombre, como despedida sincera. LA RESERVA DE CAZA DE LA EDAD DE PIEDRA Y aún quiero más, así es que otra caminata, esta vez más larga, por caminos que transcurren entre los campos y los robledales de la reserva natural me permite admirar pequeñas manadas de bisontes, de bóvidos muy parecidos a los uros prehistóricos, de caballos de Przewalski y otros grandes herbívoros que ya poblaban el valle del Düssel en la época de los neandertales. Me entretengo con los bisontes que, medio adormilados, se levantan y se acercan hasta la valla de alambre esperando que les lance algunas manzanas que el árbol ha dejado caer a mi lado de la valla. Demasiado mansos, pienso yo. Me hizo feliz encontrarme con el señor N y el Museo no me defraudó, en absoluto, muy al contrario. Por cierto, la novela se puede descargar, gratuitamente en pdf en la página web: https://www.la-narradora-neandertal.com/. También, si quieres, puedes leer solo los primeros capítulos en la sección del blog.
- Neandertales y sapiens. Una historia de hibridación
Un simple test de ADN hecho por curiosidad puede abrir la puerta a una historia mucho más profunda de lo que parece. En mi caso, reveló que un 2,26% de mi genoma es herencia de los neandertales. Esta pequeña cifra esconde, en realidad, una gran historia de encuentros, mezclas y adaptaciones entre especies humanas. Lejos de una evolución lineal, somos el resultado de una compleja red de intercambios genéticos. Comprender este pasado híbrido nos ayuda a entender mejor quiénes somos hoy. Y, quizá, también a mirarnos con otros ojos. El 2,26%, aproximadamente, de mi ADN proviene de otra especie, puesto que es una herencia de los neandertales. Nunca se me había ocurrido mirármelo. Pero hace unos años, por pura curiosidad y con ganas de reírme un rato, me hice un test de ADN de esos en que solo necesitas una muestra de saliva. Me llamaba la atención conocer mi origen genético, a pesar de que sabía que, en realidad, los resultados reflejarían aquellas poblaciones actuales del mundo con una genética más similar a la mía. Cuando llegaron los resultados, para sorpresa mía, descubrí que el test también incluía el porcentaje de ADN neandertal y denisovano, el cual deducían a partir de los alelos de ascendencia de estas poblaciones. Bien, un 2,26% a mí me parecía poco. Investigando, me enteré de que las poblaciones de Europa occidental tienen actualmente entre un 1% y un 2% de ADN neandertal en su genoma, de media. Curiosamente, poblaciones de Asia oriental y América tienen porcentajes más altos, de entre un 2% y un 2,5%. Investigando algo más, entendí por qué en Europa la herencia neandertal está más diluida. Durante décadas, la historia de la evolución humana se explicó como una sucesión lineal y casi épica: una especie, Homo sapiens, surgida en África, se expandió por el planeta y sustituyó otras especies humanas más antiguas, entre ellas los neandertales, hasta convertirse en la única superviviente. Hoy sabemos que la historia fue mucho más compleja, más fascinante y, sobre todo, más híbrida. La hibridación entre especies es un motor importante de la evolución. La evolución mediante mutaciones espontáneas es un proceso lento. Las mutaciones beneficiosas aparecen aleatoriamente y, después, tienen que ser seleccionadas generación tras generación. La hibridación ofrece una vía mucho más rápida. Cuando dos especies o poblaciones diferenciadas se cruzan, combinan genomas que han evolucionado separadamente durante miles o millones de años. Esto genera nuevas combinaciones genéticas y, por lo tanto, más variabilidad sobre la cual puede actuar la selección natural. La hibridación fue considerada, durante décadas, casi una anomalía evolutiva: un error, una desviación sin futuro. La imagen típica era la del mulo, híbrido entre caballo y asno, generalmente estéril. Pero actualmente se sabe que la hibridación entre especies animales es mucho más común de lo que parece. Los osos polares y los osos pardos son un ejemplo muy conocido. Con el deshielo ártico y el desplazamiento de los hábitats, las dos especies entran cada vez más en contacto, y ya se han documentado híbridos. Pero, más importante todavía, los datos genómicos sugieren que ya había habido introgresión entre estas especies en el pasado, posiblemente relacionada con adaptaciones al frío y al metabolismo de las grasas. También los lobos grises y los coyotes se hibridan de manera recurrente en Norteamérica. Algunas poblaciones híbridas muestran combinaciones de comportamientos y características ecológicas que les permiten ocupar con éxito ambientes antropizados y periurbanos. De ejemplos hay muchos, tanto en el mundo vegetal (muchos robles son híbridos) como en el animal, tal y como acabamos de ver con los osos y los lobos. Por lo tanto, la hibridación es una fórmula de éxito que permite que una especie incorpore de golpe variantes genéticas que otra ya ha seleccionado durante miles de años en un entorno concreto. Esto es especialmente relevante cuando el medio cambia rápidamente. Y este punto es muy importante en lo que se refiere a nuestra especie. La hibridación entre neandertales y humanos modernos. La idea antigua de un reemplazo repentino de neandertales por humanos modernos es cada vez menos sostenible. Todo indica que hubo un extenso límite de interacción entre Europa occidental y Eurasia, una amplia región híbrida donde durante miles de años neandertales y humanos contemporáneos convivieron, interactuaron y, en algunas ocasiones, se reprodujeron entre sí. Cuando los Homo sapiens salieron de África hace aproximadamente entre 60.000 y 70.000 años, a pesar de que anteriormente había habido otras incursiones tempranas, entraron en un mundo muy diferente al que conocían. Eurasia presentaba climas más fríos, ecosistemas desconocidos, nuevas enfermedades y retos ecológicos completamente nuevos. Pero aquellos territorios no estaban vacíos. Estaban habitados por los neandertales, una especie que estaba profundamente adaptada a aquellas condiciones. Los Homo sapiens que llegaron a Europa pudieron incorporar, mediante hibridación, soluciones evolutivas que los neandertales ya habían perfeccionado a lo largo de centenares de miles de años. Fue una forma de adaptación acelerada, una transferencia biológica de conocimiento evolutivo, casi como un “atajo evolutivo”. Varios fragmentos de ADN neandertal presentes en humanos modernos están relacionados con el sistema inmunitario. Estas variantes probablemente ayudaron a los humanos modernos a enfrentarse a patógenos eurasiáticos para los cuales no estaban preparados. Otros genes influyen en características de la piel y del cabello, potencialmente útiles para adaptarse a niveles diferentes de radiación solar y temperaturas más bajas. También hay evidencias de variantes relacionadas con el metabolismo y otras funciones fisiológicas relevantes en ambientes fríos. También es cierto que algunos de estos genes neandertales que en el pasado podían comportar ventajas evolutivas, actualmente parecen favorecer enfermedades como la diabetes, la obesidad o las adicciones en nuestro mundo tecnológico y sedentario. Los humanos somos una especie híbrida. Y probablemente no solo por la contribución neandertal. También hay evidencias de hibridación con denisovanos y, posiblemente, con otros linajes de homínidos todavía poco conocidos. Nuestra historia evolutiva no es la de una línea recta y exclusiva. Es una red. Un mosaico. Una historia de encuentros, intercambios y mestizajes. Si hubo contacto prolongado e hibridación, ¿por qué conservamos tan poco rastro genético? Una historia de migraciones y dilución genética. La respuesta no se encuentra en un único acontecimiento, sino en una sucesión de migraciones, mezclas y reemplazos poblacionales que tuvieron lugar sobre todo durante el Neolítico y el inicio de la Edad del Bronce. Las primeras poblaciones híbridas eran esencialmente cazadoras-recolectoras. En ellas, la proporción de ADN neandertal probablemente era más alta que la que observamos en la actualidad. Pero esta composición genética inicial no se mantuvo intacta. Primera dilución: la llegada de los agricultores A partir de hace unos 7.000 años, Europa occidental experimentó una transformación profunda con la llegada de poblaciones de agricultores procedentes de la zona de Anatolia. Estos grupos no solo llevaban una nueva economía, sino también una historia genética diferente: tenían menos ADN neandertal que los cazadores-recolectores europeos, puesto que provenían de poblaciones con menos contacto con neandertales. Cuando estos agricultores se expandieron por Europa, se mezclaron con las poblaciones locales de cazadores-recolectores híbridos. Este proceso tuvo dos consecuencias clave: el reemplazo parcial de las poblaciones locales y la dilución del ADN neandertal en la población resultante. Segunda dilución: las poblaciones de las estepas El proceso no se paró aquí. Entre el 3.100 y el 2.900 a. C., una nueva expansión sacudió Europa: la de las poblaciones de pastores de las estepas rusas y ucranianas, asociadas a la cultura Yamnaya. Estos grupos tenían una composición genética diferente, puesto que también llevaban proporciones relativamente bajas de ADN neandertal. Cuando se expandieron hacia Europa central y occidental, provocaron un nuevo reemplazo demográfico importante. Las poblaciones neolíticas —ya mixtas— se vieron parcialmente sustituidas y, a la vez, se volvieron a mezclar con estos nuevos grupos. El resultado fue una segunda oleada de dilución del ADN neandertal. Un proceso acumulativo Así pues, la baja proporción de ADN neandertal en humanos actuales no es solo consecuencia de los años. Es también el resultado de un proceso acumulativo de mezclas poblacionales en las que, cada vez que una población con menos ADN neandertal se mezclaba con una que tenía más, el porcentaje global disminuía. A este proceso se suma otro factor importante: la selección natural. Algunos fragmentos de ADN neandertal eran desventajosos y fueron eliminados con el tiempo, mientras que otros —especialmente los relacionados con el sistema inmunitario o la adaptación ambiental— se conservaron. Y esto explica por qué, a pesar de haber compartido milenios con los neandertales, solo conservamos una pequeña parte de su legado genético. El caso de las poblaciones de Asia oriental y América fue un poco diferente. Mientras que el ADN neandertal se diluía en el oeste, en el este pasó lo contrario. Hay estudios que apuntan que los ancestros de los asiáticos orientales no solo se cruzaron con los neandertales en el Medio Oriente, sino que experimentaron una segunda oleada de hibridación con poblaciones neandertales que también se estaban expandiendo por Asia Central. También hay estudios que apuntan que, en poblaciones pequeñas, como lo eran las que se expandían por Asia Oriental, la selección natural fue menos eficiente eliminando partes de ADN neandertal poco útil. Las poblaciones nativoamericanas muestran el mismo patrón elevado de ADN neandertal porque descienden directamente de antiguas poblaciones del nordeste de Asia. Los neandertales y los híbridos en la novela “El niño tejón” La novela El niño tejón fue escrita en 2011, cuando hacía poco que se había publicado en la revista Science el primer borrador del genoma de los neandertales. Por lo tanto, yo ya conocía que los humanos modernos eramos portadores de una pequeña parte de esta herencia genética. Pero entonces todavía no era consciente de todo lo que la revolución genómica asociada a los fósiles antiguos sería capaz de descubrir. También, durante estos 25 años, la arqueología y otras ciencias asociadas han ido desentrañando muchos secretos relacionados con las herramientas de los neandertales, con los animales que cazaban y las plantas que consumían, con la gestión que hacían de los territorios, con la utilización de los refugios y del fuego e incluso con cómo trataban a sus muertos. Cómo gestionaban las emociones y cómo razonaban cognitivamente, todavía se nos escapa un poco. Aquí había que echar mano de la imaginación y especular. Conocer que los humanos modernos somos el resultado de una convivencia prolongada y de una historia compartida con los neandertales hizo la tarea más sencilla. Que el resultado fuera que los protagonistas de la novela fueran neandertales muy parecidos a nosotros, y no me refiero al aspecto físico, fue una elección razonada. Que dos de los personajes protagonistas fueran híbridos fue un impulso incontenible. Ahora, que yo conserve un 2,26% de ADN neandertal, me parece maravilloso, casi un milagro. Por cierto, la novela se puede descargar, gratuitamente en pdf en la página web: https://www.la-narradora-neandertal.com/. También, si quieres, puedes leer solo los primeros capítulos en la sección del blog.
- EL NIÑO TEJÓN - CAPÍTULO 3 - EL PAJARO BLANCO
El grupo de la costa La mujer Aba fue la primera que encaró la situación. ¡Ya se encargaría ella de engordar aquel pobre hombre y a su hijo! En ese momento había mucho trabajo por hacer; la ballena no iría sola al campamento. –Mujeres, ¡venga, va! ¡Pongámonos a trabajar! Parece que los hombres se han quedado dormidos. Comencemos por este lado del animal. Vamos a cortar la carne en tiras. Tiras no demasiado grandes. Llevaremos las tiras al hombro, hasta el campamento –exclamó con firmeza la mujer que, aunque mantenía su fortaleza, ya contaba muchos inviernos a cuestas. Al oírla, los hombres reaccionaron, no les gustaba que las mujeres tomaran la iniciativa. Dejaron las lanzas clavadas en la arena y se pusieron a retirar la carne del otro lado del animal. Un hombre viejo y una chica muy joven se sentaron en la arena, listos para el arduo trabajo que les esperaba; había mucho que cortar y los cuchillos de piedra pronto se desgastarían. El anciano tomó las herramientas de sílex, miró la ballena varada y le dio un suave empujón a la chica, que estaba absorta observando a los dos recién llegados. –Chica Unu, ve a buscar cantos rodados de este tamaño. De piedra buena no encontrarás por los alrededores. Busca piedras como esta –ordenó el viejo mostrando un trozo de cuarzo. –Esta piedra se romperá enseguida. No podremos repararla cuando se quiebre. Sé dónde hay piedra de mejor calidad. –¡Tardarás demasiado! Hay mucho que hacer. Las mujeres y los cazadores ya han comenzado. Si se quedan sin herramientas se enfadarán conmigo. Esta piedra nos servirá. ¡Vete ahora y apúrate! El anciano empezó a desprender pequeños fragmentos de un nódulo de sílex. A pesar de estar concentrado en sus manos, levantó la vista un instante para observar cómo la muchacha partía corriendo. La chica Unu se estaba convirtiendo en una talladora de piedra tan hábil como él. Desde pequeña había mostrado un interés poco común entre las niñas del grupo por los instrumentos de piedra, y su paciencia, fuerza y habilidad para reconocer el potencial de la piedra lo sorprendían. Era una lástima que pronto tuviera que abandonar el grupo, pensó el viejo, mientras miraba como la chica se alejaba hacia las colinas cercanas. El extraño y el niño permanecían sentados en la arena, indecisos. De repente, el niño se levantó y corrió hacia donde rompían las olas. El hombre no alcanzó a detenerlo y empezó a gritar que regresara. Al llegar al agua, el niño, con una mano remangándose las pieles de conejo que le cubrían las piernas, levantó con la otra un pequeño animal que arrastraba un ala por el agua. Regresó hacia su padre, sosteniendo al animal entre sus manos. –¡Mira padre! Tiene el ala rota. No puede volar. –¡Déjalo en la arena! –ordenó el hombre. –Está herido. ¡Si lo dejo aquí, se morirá! –¡Te he dicho que lo dejes en la arena! –No quiero. Los gritos del niño llamaron la atención de los cazadores. El jefe Uru hizo un gesto con la mano a un joven de ojos verdes para que se acercara a ver qué sucedía. El chico, dejando la afilada piedra clavada en la carne de la ballena, se aproximó al hombre, lo inspeccionó y no detectó nada raro en él, salvo el olor a miedo que emanaba. Luego se volvió hacia el niño y lo observó detenidamente. Pensó que, con buena alimentación, pronto aquel niño dejaría de serlo. –¿Qué escondes? –preguntó el chico al niño. –Es un pájaro. ¿Lo quieres ver? –dijo el niño abriendo las manos para mostrar la pequeña ave blanca. El chico Utu notó que el niño hablaba con un tono diferente al de la gente que él conocía, aunque no era tan estridente como el de su padre. A pesar de la diferencia, entendió perfectamente lo que el niño decía. Cogió el pájaro y lo lanzó al aire. El ave cayó al suelo y empezó a correr penosamente, arrastrando su ala. –Estos pájaros se fueron hace días. Siguiendo la costa –comentó el chico, recogiendo de nuevo la pequeña ave que yacía en la arena–. Este no pudo seguirles. Este tiene el ala rota. No cazamos a estos pájaros. Mejor come ballena. –¡No quiero comerlo! –exclamó el niño, arrebatando el animal de las manos del chico. –¿Ah, ¿no? ¿Y qué vas a hacer con él? –Lo cuidaré y recuperará el ala. –¿Entonces te lo comerás? –No, será mi amigo. –En el grupo hay niños. Juega con ellos, no con un pájaro –explicó el chico, pensando que aquel niño, además de tener un color muy extraño, no era demasiado listo. –Los otros niños no quieren jugar conmigo. Siempre me lanzan piedras. Siempre se ríen de mi piel –dijo el niño en voz baja, sin apartar la mirada de la arena. Utu observó al extraño niño detenidamente, se acercó a la capucha de tejón, la olfateó e hizo una mueca. –Debe de ser por lo mal que hueles. Llevas un tejón muerto en la cabeza. Tira la piel del tejón al mar. Quítate las pieles que te cubren. Deja que el sol te caliente la piel. Entonces no olerás tan mal. Entonces los niños querrán jugar contigo. Entonces tendrás amigos. Cuando el chico regresó donde los miembros del grupo se esforzaban en retirar la carne del cetáceo, primero fue a hablar con la mujer Aba para decirle que alguien debía encargarse de cuidar a ese niño enfermo y sucio, que parecía muy necesitado de cariño. La primera tarea urgente era proteger la carne de los carroñeros. Los cuervos ya estaban dando su característico grito de alarma. Las hienas no tardarían en aparecer y los hombres sabían que pronto serían numerosas. Los cuervos no les causaban miedo, pero sí las hienas. Pero todo iría bien si se mantenían unidos y armaban una defensa de fuego. El fuego siempre funcionaba, no sabían por qué, pero los animales lo temían. Lo primero que hicieron los hombres fue buscar ramas secas de pino que el río había arrastrado hasta la playa. También recolectaron algas secas, que ardían fácilmente. Mientras tanto, las mujeres continuaban tratando de cortar toda la carne que podían con sus afilados cuchillos de piedra. Había mucha carne y no tenían más remedio que meter los brazos hasta los huesos del animal muerto. Los niños más pequeños, con sus manos diminutas, recogían los trozos de piedra descartados por el anciano en la fabricación de cuchillos y simulaban que ellos también cortaban la carne de la ballena muerta, siempre observando de reojo a aquel niño extraño. El chico Utu vigilaba al hombre lince mientras intentaba que los cuervos y otros animales no se acercaran demasiado a la carne. A pesar de que aún había algo de luz, encendieron las hogueras y tanto hombres como mujeres se apresuraron a arrancar la carne de la ballena lo más rápido que podían. El hombre con la capucha de piel de lince observaba los numerosos cuervos que saltaban, intentando robar algún trozo de carne. El niño notó la fijación de su padre, metió el pájaro blanco en un pliegue de las pieles y se volvió hacia el hombre. –¿Por qué no te levantas y matas uno? –preguntó el niño, señalando con la cabeza un par de cuervos que se peleaban por uno de los ojos del cetáceo–. ¡Quizás aquí las mujeres sean más cariñosas! –No grites, que te oirán. –¿No podrías ser valiente por una vez? Tú siempre tienes miedo. Yo no tengo miedo. Yo seré cazador. El niño se puso en pie para alcanzar una piedra cercana, dándole la espalda a su padre e ignorando a los hombres y mujeres que se apresuraban a desmembrar el animal muerto. —¡Hijo, siéntate y calla! Antes tuviste suerte. El chico te vio con el pájaro. Él tiene paciencia. Creo que el jefe de los cazadores no. —No te entiendo. Antes querías matar a un cazador. Ahora le tienes miedo. Tú siempre tienes miedo de todo. ¿Cómo piensas impresionar a una mujer? ¿Quieres las plumas sí o no? —¡Quiero que obedezcas! —gritó el hombre, atrayendo las miradas de todos los hombres y mujeres que estaban cortando la carne. El niño se levantó de nuevo sin que su padre pudiera detenerlo. Se acercó a donde se acumulaban guijarros pulidos por el vaivén de las olas y tomó un par, grandes y redondos. Ignoró las advertencias de su padre y se acercó a los dos cuervos, que seguían peleando, ahora por el otro ojo de la ballena. La primera piedra falló, pero la segunda impactó de lleno en una de las aves, que cayó aturdida al suelo. Cuando el niño regresó junto a su padre, llevando el animal en la mano, el chico Utu lo esperaba, de pie y con una mueca en el rostro. —Con este no podrás jugar. Este está muerto. —Este lo quería muerto. Mi padre quiere las alas. —¿Las alas? ¡No hay carne en las alas! ¿Para qué quiere tu padre las alas? —Quiere las plumas de las alas. Quiere las plumas largas de las alas —especificó el niño, al ver la cara de desconcierto del chico. Utu arrebató el cuervo muerto de la mano del niño para examinar qué tenían de especial aquellas plumas. —¿Para qué quiere las plumas? —preguntó de nuevo el chico. —Donde yo nací, las mujeres llevan plumas. No todas, solo algunas. Se las ponen entre los cabellos. Si fueran de buitre, sería mejor. También les gustan las plumas de águila. Pero los buitres no han bajado. Las águilas tampoco han venido. Esto lo sé por mi padre. Él lo ha visto. Él me lo ha explicado. El chico volvió la cabeza para mirar al hombre extraño, que tenía la mirada baja y se balanceaba hacia adelante y hacia atrás. Estaba confundido, no entendía nada de lo que el niño hacía ni por qué el hombre mostraba tanto miedo. Decidió ser un poco más paciente y continuar preguntando al niño. —¿Quieres ponerte plumas en el cabello? —¡Yo no! Mi padre quiere las plumas. —¿Tu padre quiere ponerse plumas en el cabello? —¡Él no! Las mujeres. —¿Qué mujeres? —¡No lo sé! Las mujeres. ¡No entiendes nada! —el niño se dio la vuelta, frustrado con aquel chico que parecía no entender nada de lo que él intentaba explicar. El chico Utu permaneció un rato en pie en la arena, observando el cuervo muerto, los cabellos de las mujeres y al hombre extraño que no hacía más que balancearse y hacer gestos al niño. —¿Él quiere dar las plumas a las mujeres? ¿A las mujeres del grupo? —preguntó el chico, dudando de si había comprendido lo que el niño quería decir, señalando a las mujeres que seguían cortando la carne del animal. —¡Sí, a ellas! —¿Para qué? —Utu no dejaba de mirar los cabellos de las mujeres, sin entender qué relación había entre estos y las plumas de un cuervo muerto. —Para que se las pongan en el cabello. Para que estén contentas. Para que quieran copular con él. ¿Es que vosotros no lo hacéis? —respondió el niño, moviendo la pelvis con fervor para hacerse entender mejor. El chico no respondió y se encaminó hacia el animal que se estaba descuartizando, no fuese a ser que el jefe Uru se enfadara con él y tuviera que ir a buscarlo. Cuando llegó, se situó al lado de la ballena donde las mujeres estaban trabajando. Se acercó a una mujer joven de amplia sonrisa que llevaba un bebé a cuestas. —¿Te gustaría llevar plumas en el cabello? Son plumas de cuervo. La mujer dejó la herramienta de piedra clavada en la carne del animal, se secó el sudor con el brazo y miró al chico directamente a los ojos. –No estoy segura. Podría ser divertido. De pequeña, solía colgar helechos de mi cabello. Eso me hacía feliz... –¿Y entonces te animarías a copular conmigo? –¿Ahora? –la expresión de su rostro cambió al dirigir la mirada hacia la mujer Aba. –Sí, ahora. Bueno, no exactamente ahora. Cuando te traiga las plumas. –Pero tenemos que trabajar. Si dejo el cuchillo, Aba se enojará conmigo. –Las hienas pronto estarán aquí. Me siento algo nervioso. Copular contigo me vendría bien. Será rápido. ¡Dime que sí! –suplicó el chico, mirando fijamente a los ojos de la mujer. La joven volvió a observar a la mujer Aba, quien estaba sumida en sus tareas. Luego giró la cabeza y se encontró con la intensa mirada del chico. Cuando Utu la miraba así, ella no podía negarle nada; aquellos ojos verdes la tenían embelesada. –Está bien. ¡Pero primero quiero las plumas! El chico dejó el cuchillo de piedra hundido en la carne de la ballena y se dirigió hacia los dos humanos desconocidos que estaban en la arena. Al acercarse notó como el hombre volvía a desprender aquel olor que hacían los animales cuando se encontraban acorralados, justo cuando él estaba a punto de clavar la lanza. Aquel hombre tenía miedo, al contrario del niño, que parecía demasiado arrogante para su corta edad. Sin decir palabra, arrancó el cuervo muerto de las manos del hombre, se dio la vuelta y, a mordiscos, despojó al ave de sus plumas. Lanzó el cadáver al suelo y corrió hacia la mujer con las plumas en la boca. Ella, sonriendo de oreja a oreja, tomó con cuidado a la criatura que llevaba a la espalda y se acercó a una anciana que dormitaba, entregándole el bebé en silencio. Luego regresó con el chico, que la esperaba con las plumas babeadas, se agachó y se abrió de piernas. Utu se apresuró, pues la mujer Aba comenzó a gritar que había mucho trabajo por hacer y que volvieran a coger los cuchillos. Cuando se escuchó el primer grito de una hiena, el chico dio por acabado lo que estaba haciendo, colocó las plumas en el cabello de la mujer y cogió nuevamente el cuchillo, ahora más relajado. A medida que la noche transcurría, las carcajadas de las hienas empezaron a resonar entre los arbustos. Los hombres dejaron de cortar carne y se agruparon en un círculo alrededor de las hogueras, con las lanzas en mano. Las mujeres aumentaron el ritmo de trabajo. Al cabo de un rato, los ojos de las bestias empezaron a brillar en la oscuridad. La media luna iluminaba lo suficiente para que los hombres pudieran ver más allá de lo habitual. Dos hombres, como mínimo, eran necesarios para enfrentar a una hiena; tres eran lo ideal. Nadie se sentía cómodo con la situación. La noche no era el momento de los humanos. En la oscuridad, se sentían en desventaja ante los depredadores. Sin luz, no sabían dónde pisaban, y lo peor, no sabían dónde clavaban la lanza. La noche era para descansar y recuperar fuerzas, siempre con el resguardo de un buen fuego que ardiera durante la oscuridad. Sin embargo, esa noche la luna creciente iluminaba lo suficiente para que los hombres pudieran ver. –No nos enfrentaremos a las hienas. Hay más ojos de hiena que de hombre. Agarrad ramas encendidas y movedlas delante vuestro. Tal vez les dé miedo. Tal vez no se acerquen. Hasta que las mujeres terminen –gritó el jefe del grupo, asegurándose de que los hombres y las mujeres lo oyeran. Un largo y silencioso tiempo después, la carne del flanco derecho de la ballena yacía cortada en largas tiras. A pesar de sus esfuerzos, no lograron extraer el cerebro del cráneo. La lengua fue cortada en porciones más manejables. El hígado era demasiado pesado para llevarlo entero, así que separaron un trozo que pudiera ser transportado por un solo hombre y el resto lo dividieron en porciones pequeñas que cada miembro del grupo ingirió antes de emprender el camino de regreso al campamento. Las mujeres llevaron una tira de carne sobre el hombro derecho, con una rama encendida en una mano y su respectiva criatura en la otra. Los hombres colocaron dos tiras de carne sobre el hombro izquierdo, sosteniendo las lanzas y las ramas encendidas con la mano derecha. Habían dejado atrás casi la mitad del animal, con parte del hígado y el corazón entero, por lo que las hienas y otros depredadores estarían ocupados durante toda la noche. El hombre extraño y su hijo los seguían a distancia. Al llegar al campamento, encendieron una gran hoguera mientras depositaban la carne sobre las esteras de algas secas que usaban para dormir. Esa noche, descansarían sobre la arena, pues la comida era lo más importante. Con cuidado, alejaron el gran trozo de hígado del calor del fuego para que no se estropease. El jefe Uru fue cortando trozos de la víscera y distribuyéndolos entre los miembros del grupo. Ya habían comido hígado en la playa, deprisa y corriendo, pero ahora podrían saborearlo con calma. Nada era comparable con un trozo de hígado, aún caliente y sanguinolento, y nunca antes habían visto uno tan grande. Todos comieron con avidez, y una vez satisfechos, llegó la hora de dormir junto al fuego, bien acurrucados, con los niños y ancianos en el centro y hombres y mujeres alrededor. A la chica Unu le tocaba vigilar que el fuego no se apagara. Cuando fue a buscar una piedra para recostarse, se dio cuenta de que en la entrada del campamento estaba el hombre lince y el niño tejón, que dormía en brazos de su padre. El hombre le suplicó un trozo de hígado. Unu dudó un momento entre despertar al jefe del grupo o darle al hombre lo que pedía. Cuando el niño despertó y también pidió un trozo de hígado, ella decidió buscar un pedazo de la víscera de la ballena. El hombre y el niño disfrutaron de un buen trozo de hígado. Momentos después, el niño se quedó dormido junto a su padre, apartados del fuego, solos, entrelazados el uno con el otro, envueltos en pieles de conejo y con los estómagos satisfechos. Pero el hombre extraño no lograba dormir, angustiado por los días venideros, sin saber si el jefe de aquel grupo permitiría que ellos se quedaran. Si les dejaban quedarse, él y su hijo sobrevivirían. Si Uru decidía lo contrario, probablemente no resistirían lo que quedaba de invierno. Por la mañana lo sabría. Y eso le mantenía despierto.
- EL NIÑO TEJÓN - CAPÍTULO 1 - LA HUIDA
INVIERNO I. En algún punto de la actual comarca del Maestrazgo (Teruel, Aragón) Los humanos Al caer la noche, aquellos que habían participado en la cacería del uro se sentaron sobre troncos y piedras, formando un círculo alrededor de una hoguera que apenas lograba mantenerse encendida. Las expresiones en sus rostros reflejaban la tensión y la concentración que habían marcado la jornada. Un joven reunía ramas secas y pequeñas astillas, añadiéndolas a la hoguera y soplando con energía para reavivar las brasas que aún persistían. Los demás lo observaban en silencio, absortos en sus pensamientos. Tras unos instantes de esfuerzo y algunas palabras de aliento, pequeñas llamas comenzaron a danzar y a iluminar los rostros reservados. A medida que el fuego crecía, las caras se fueron relajando, llenándose de sonrisas. Rápidamente, las anécdotas sobre la cacería de aquella mañana se mezclaron con risas, bromas y palmadas amistosas, creando un vínculo que iba más allá del calor de la hoguera. Los niños, manteniéndose a distancia, observaban con admiración y envidia, deseando que alguno de los hombres los invitara a unirse a la calidez del círculo. Uno de los cazadores, gesticulando exageradamente como si aún pudiera revivir la emoción del momento, comenzó a relatar cómo él había sido el primero en clavar la lanza en la carne del uro. De repente, señaló a uno de los jóvenes que había participado en la cacería y, dirigiéndose a los demás, sonrió ampliamente. –¿Pero, no lo visteis? ¡Hasta le temblaban las piernas! –exclamó el hombre, lo que provocó la risa general. –¡No me temblaban las piernas! Estaba concentrado –se defendió el joven, visiblemente avergonzado. –¡Anda ya! Cuando viste al uro, te quedaste paralizado –insistió el hombre, riendo a carcajadas. –Te digo que estaba concentrado. Y me sorprendió que embistiera con tanta fuerza. –Pues ese ya era viejo. Los jóvenes son aún peores. ¡Niños, acercaros! ¿Conocéis la historia del uro de un cuerno? –preguntó el hombre, consciente de que los niños deseaban sentarse entre los cazadores. Unos pocos niños y niñas mayores se incorporaron con rapidez y se unieron al fuego, junto a los hombres, entusiasmados por escuchar sus relatos y deseosos de que llegara el día en que se les permitiera acompañar a los cazadores en sus emboscadas. Conocían, por experiencias anteriores, la historia de un enorme uro que poseía un solo cuerno y se resistía a morir. Sin embargo, escuchaban en silencio, exclamando de admiración cuando el hombre callaba y estallando en risas nerviosas cuando los adultos sonreían. De repente, unos gritos rompieron el hilo de la narración, haciendo que todos los presentes alrededor del fuego dirigieran sus miradas hacia el fondo del campamento. En la parte más húmeda y fría, un hombre yacía sobre unas pieles de conejo, moviéndose de manera convulsiva y gritando palabras ininteligibles. Era habitual que ese hombre tuviera sueños agitados y chillara en medio de la noche, despertando a quienes dormían. Normalmente, su hijo se encargaba de que se diera la vuelta y guardara silencio; sin embargo, esa noche el hombre dormía solo. Uno de los cazadores hizo una señal con las manos hacia uno de los niños que se hallaban sentados con los hombres. El niño frunció el ceño, miró hacia donde dormía su padre y se levantó a regañadientes. Con un puntapié logró que el hombre callara, permitiéndole regresar al calor de la hoguera, con la mirada baja para evitar cruzar palabra con los hombres o ver las muecas de los demás niños. Al menos había conseguido que su padre guardara silencio y él podría seguir disfrutando de las historias de los cazadores. Sin embargo, al notar que el silencio persistía, el niño levantó la mirada y observó en los ojos de los hombres una expresión de desconcierto. Con el corazón en un puño, se dio la vuelta y vio a su padre de pie, señalando insistentemente las llamas. Ni siquiera cuando el líder del grupo ordenó al hombre que se marchara, este lo hizo, permaneciendo de pie, con la cabeza alta y la mirada perdida en la hoguera. Al notar que los hombres se incomodaban, el niño se levantó y cogió a su padre por el brazo, intentando hacerle entender que debía regresar a la parte más inhóspita del campamento y permanecer allí. Que su padre fuera tan brusco en apartar su mano, sorprendió al niño. Que su padre se arrodillara, agarrara un pesado nódulo de sílex y lo levantara sobre su cabeza, lo dejó perplejo. Que su padre descargara el peso de la piedra sobre la cabeza de uno de los hombres que tenía delante, hizo que él se horrorizara y diera un salto hacia atrás. —¿Qué haces? ¿Te has vuelto loco? —gritó el niño a su padre. —Vas a morir —gritó el jefe del grupo. A partir de ese instante, todo sucedió muy deprisa: gritos, golpes, más gritos, sangre, gente corriendo… silencio y oscuridad. La noche era fría, húmeda y tan oscura como puede ser una noche sin la presencia de la luna. El fuego de la entrada del campamento se había apagado y una de las mujeres del grupo intentaba reavivarlo soplando con insistencia. El niño permanecía de pie, con el corazón y la respiración acelerados, tratando de discernir en la penumbra dónde se encontraba su padre y qué había sido de él. Cuando las llamas volvieron a iluminar, se percató de que un hombre yacía en el suelo, con un corte profundo en la sien y la ceja partida, mientras varias mujeres intentaban detener la hemorragia con sus manos. Los demás hombres y algunas mujeres habían salido al exterior. Las lanzas habían desaparecido del rincón que solían ocupar. —¿Dónde está mi padre? —preguntó el niño a una de las mujeres. Cuando ella, con desdén, le indicó hacia el exterior, comprendió que su padre había logrado escapar y que los cazadores habían salido a matarlo. El niño se mantuvo erguido en la entrada del campamento, prestando atención a los sonidos provenientes del interior del bosque, intentando discernir si los cazadores habían conseguido atrapar a su presa o si aún persistían en su búsqueda. Al percibir gritos que se alejaban hacia el río, comprendió que su padre había optado por esa ruta en su intento de escapar, lo cual indicaba que no regresaría a buscarlo. –Eres como tu padre, un cobarde. Nunca serás cazador –le gritó uno de los niños que se mantenían junto a las mujeres. –¡Cállate! –respondió él, sin darse la vuelta. –Tu padre está muerto. Y tú nunca serás cazador –volvió a gritar el mismo niño. Él se cubrió los ojos con las manos, consciente de la urgencia de su decisión: permanecer en el grupo o intentar encontrar a su padre antes de que lo hicieran los cazadores, para marchar juntos lejos de allí. Sopesó las opciones; por una parte, él y su padre llevaban un par de inviernos en el grupo y se sentían a gusto y, aunque no eran completamente aceptados, al menos comían regularmente. Siendo aún un niño que no había causado daño alguno, él tenía la posibilidad de continuar formando parte del grupo. Además, recientemente, los cazadores lo habían aceptado entre ellos durante las noches en que discutían sobre la mejor manera de matar a una presa, aunque continuaban sin permitirle acompañarlos en la tarea de acechar, emboscar y cazar a los animales. Por otro lado, sabía perfectamente que aquel no era su grupo de nacimiento y que no había ningún lazo familiar que lo uniera a esos hombres y mujeres. La única persona que se preocupaba por él era el hombre que ahora huía río arriba para salvar su vida; su padre. —¡Vete! —gritó con desprecio una niña que también se mantenía al lado de las mujeres. –¡Muérete! –le gritó a su vez el niño, saliendo del campamento, decidido a no regresar nunca más y convencido de que nadie intentaría detenerlo. Sin embargo, en el momento en que se encontró a solas, la oscuridad lo abrazó y lo envolvió en un silencio profundo. Detenido en su camino, con apenas unos pasos andados, el niño se concentró en los sonidos; las voces de los hombres se habían desvanecido y solo logró discernir el ulular de un cárabo a lo lejos y, tal vez, el murmullo de un arroyo cercano, poco más. En medio de tan escasa cacofonía, el latido de su propio corazón se volvió ensordecedor, tanto que el niño se asustó, llevándose las manos primero al pecho y luego a los oídos. Era la primera vez que se aventuraba solo en la noche, sin la protección de un adulto a su lado. Todos sabían que moverse en grupo era la mayor garantía para evitar ser devorado por un depredador, y que, al caer la noche, adentrarse en el bosque era muy arriesgado, pues en la oscuridad no se veía. Pero en ese instante, él estaba solo, la noche lo rodeaba y el miedo se apoderaba de él, porque aún era un niño. Un crujir de ramas en la maleza le indicó que algo se acercaba. Agudizó sus sentidos y comprendió que lo que se aproximaba lo estaba acechando, y él, nervioso, no lograba discernir la naturaleza de su perseguidor. Podía ser un leopardo, un lobo solitario, alguna otra bestia o incluso un humano. Si eran los que buscaban a su padre para matarlo, él también podría morir. Se ocultó bajo unos helechos, esperando en silencio, esforzándose por calmar los latidos de su corazón para no ser descubierto y que su perseguidor pasara de largo. Su padre había huido y lo había dejado atrás. ¿Cómo pudo hacerle esto? En ese instante lo odiaba con toda su alma. ¿Qué hacía él, escondido entre helechos, solo, en una noche tan oscura? Debería estar sentado entre los cazadores, charlando sobre la caza y las lanzas, seguro entre ellos, no temblando de miedo mientras intentaba encontrar a su padre para ir a… ¿A dónde podría ir ahora? El miedo es un compañero traicionero, y él se sintió atrapado, rodeado por un enemigo invisible, una bestia que lo acechaba con la certeza de que pronto lo hallaría y acabaría con su vida. Después de unos momentos de verdadero temor, el niño se golpeó el pecho con un puño, inhaló profundamente varias veces y se repitió a sí mismo que no era como su padre, que jamás lo sería, que él sería cazador y que los cazadores no conocían el miedo. Acto seguido, se levantó con determinación, decidido a no dejarse acobardar, ni por la oscuridad ni por aquellos que acechaban a su padre. Decidido, optó por ascender la colina, hasta hallar el río, para conseguir interceptar a su padre. La hiena El macho se sentía fatigado de vagar solo, añorando la calidez y la seguridad de un clan. Desde que dejó su grupo de origen no había encontrado una manada que lo aceptara y la soledad comenzaba a pesarle. Deseaba volver a ser parte de un clan de hienas, aunque eso significara ocupar el último lugar en la jerarquía, ser el último en probar la comida y renunciar a cualquier oportunidad de apareamiento con las hembras. Todo esto se volvía insignificante ante la posibilidad de unirse a una manada, seguir a una poderosa hembra líder y, sobre todo, disfrutar de la caza en equipo. Era joven, le faltaba experiencia y no se le daba bien cazar jabalíes o corzos. Ni siquiera se atrevía a acercarse a ciervos, gamos, caballos o uros, pues sabía que no tenía ninguna posibilidad de abatirlos. A menudo, se conformaba con los restos que otros depredadores abandonaban, o se metía en el agua en busca de ratas, castores o cualquier pequeño animal que no tuviera agilidad para escapar. Aquella noche oscura, había olfateado débilmente la presencia de un tejón y pensó que un animal tan grasiento como ese le proporcionaría la energía suficiente para justificar el esfuerzo de la caza. Siguió su rastro, que se localizaba a medio camino entre el campamento humano y el río. Lo extraño de esa noche era que los humanos parecían especialmente inquietos y habían salido a cazar en la oscuridad, algo inusual en ellos. Decidió mantenerse alejado de los humanos y seguir el rastro del tejón que ascendía por la ladera de la colina. Tenía hambre y estaba decidido a atrapar a esa bestia grasienta, que suponía enferma y débil, ya que su rastro era apenas perceptible. Quería al tejón y estaba decidido a conseguirlo. Los humanos Al llegar al río, el silencio fue interrumpido una vez más por el crujido de ramas secas y el susurro de hojas, moviéndose como si un cuerpo voluminoso se aproximara. El niño, más sereno, se agachó entre unos troncos caídos y aguardó. Cuando el canto de un cárabo atrajo su atención, su rostro esbozó una leve sonrisa, aunque permaneció inmóvil. Una vez más, el cárabo ululó, esta vez más agudo. Entonces, él se sintió seguro, se enderezó y emergió de su refugio. –¿Padre, eres tú? –susurró el niño, dirigiéndose hacia donde el cárabo alzaba su voz. –Sí, soy yo. ¿Estás bien? –respondió el hombre al salir de entre unos arbustos. –No, no estoy bien. He pasado mucho miedo –admitió el niño, aún nervioso por lo ocurrido–. ¡Me has dejado solo! ¡Y de noche! ¿Qué has hecho? ¿Te has vuelto loco? –Hablaremos más tarde. Ahora debemos alejarnos de los cazadores. Si nos encuentran, nos matarán –dijo el hombre, mirando a su alrededor, aún visiblemente nervioso. –Te matarán a ti. Yo no he hecho nada. –¡Vamos! Ya hablaremos cuando estemos a salvo. Caminemos hasta que amanezca. No se atreverán a seguirnos tan lejos. Han dejado las mujeres y los niños solos –insistió el hombre, sintiéndose aliviado por no haber perdido a su hijo. Cuando el sol asomó en el horizonte, el hombre y el niño habían dejado muy atrás el campamento que los había acogido los dos últimos inviernos. Subieron una suave colina y se aseguraron de que nadie los siguiera mientras cruzaban los prados. Buscaron un lugar para esconderse y descansaron. –¿Qué ha pasado con tu capucha? –preguntó el niño a su padre. –La perdí durante la huida. Deberemos desplazarnos por el interior del bosque. Hasta que pueda hacerme otra. ¿Sabías que te localicé gracias a tu capucha? –¿A mi capucha? ¿Por qué? –Porque huele muy mal. No la frotaste lo suficiente. Continúa oliendo a bestia muerta –dijo el hombre, arrugando la nariz. –¡No huele tan mal! A mí me gusta. Sí que la trabajé lo suficiente. ¡Y no huele a bestia! –exclamó el niño, sacándose la capucha, acercándosela a la nariz y disimulando una mueca. –¡Huele fatal! Pero la necesitas, ya lo sabes –exclamó el hombre, deseando que su hijo hubiera prestado atención cuando le enseñaba a trabajar la piel. –No quiero hablar de la capucha. Quiero saber qué ha pasado esta noche. Te he visto. Has intentado matar a uno de los cazadores. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué lo has hecho? –preguntó el niño, ajustándose nuevamente la piel sobre la cabeza. –No puedo explicártelo. –¿Por qué no? Por tu culpa estamos de nuevo solos –insistió el niño–. Así nunca aprenderé a cazar. –No sé qué ocurrió. Todo resulta confuso. Sé que estaba dormido. Sé que tenía una pesadilla. Sé que me desperté. Recuerdo un hombre que llevaba una lanza. Recuerdo que todos corrían detrás de mí. –Has golpeado a un cazador con una piedra. Le has abierto la ceja. Has estado a punto de acabar con él. –No lo entiendo. Tal vez esté relacionado con el sueño. Un gigante apareció en mi sueño. Un gigante ala de cuervo intentó matarme. Yo solo traté de defenderte del gigante –intentó justificarse el hombre, balancearse hacia delante y hacia atrás, consciente de que sus palabras carecían de sentido. –¿De qué gigante ala de cuervo hablas? No había nadie. Solo la gente del grupo. Y me has dejado solo. Eres un cobarde –dijo el niño, que, herido por la actitud de su padre, dejó escapar la palabra "cobarde" desde lo más profundo de su ser, aunque en el fondo se sentía aliviado de que este estuviera vivo y de que se hubieran reencontrado. –Debemos seguir adelante. Necesitamos salir del territorio de los cazadores. Hay que encontrar un río caudaloso. El río marca el límite. Debemos seguir su curso aguas abajo. Hasta llegar a la desembocadura. Por allí será menos peligroso cruzar. Entonces estaremos a salvo. Continuaremos hasta encontrar un nuevo grupo. –¿Crees que el grupo nuevo nos aceptará? Estoy harto de tantos cambios. Quiero ser como los demás niños. ¡Deseo que nos dejen formar parte del grupo! –Mientras expresaba su frustración, los ojos del niño mostraban un cansancio demasiado profundo para su corta edad. El hombre guardó silencio. También él se sentía abatido. Llevaba mucho tiempo, sintiéndose cansado de no poder participar en las cacerías, de tener que roer los huesos que los demás despreciaban, de mostrarse sumiso, de ocupar los lugares menos confortables en los campamentos, de vivir con miedo... Aún les quedaba un largo trecho por recorrer antes de dar con un nuevo grupo que estuviera dispuesto a acogerlos. Tanto el hombre como el niño eran conscientes de que, si no alimentaban sus estómagos, pronto se verían mermados de fuerzas y determinación para seguir avanzando. El hombre pretendía cazar un par de conejos, por lo que se dirigió al río en busca de fragmentos de granito repletos de cuarzo y algunas ramas tiernas de avellano. Con los materiales en mano, se sentó junto al niño y comenzó a golpear una piedra grande con otra más pequeña, buscando obtener astillas afiladas. Una vez que logró su objetivo, tomó una rama, la que le pareció menos torcida, y afiló su extremo. No había tiempo para enderezarla con fuego, pues el humo podría delatar su posición, y no deseaba volver a esconderse de los cazadores. El niño aparentaba estar dormido, pero el hombre sabía que sus ojos seguían cada uno de sus movimientos. —Listo. Tengo la lanza preparada. Ahora solo falta encontrar una madriguera de conejos. Esta noche cenaremos carne hasta saciarnos. Mañana tendré una cálida capucha preparada. Mañana dejaremos atrás el bosque. Quédate aquí y descansa. Regresaré con carne para comer. Con determinación, el hombre se dirigió hacia el prado cercano al río. En una suave pendiente arenosa, los conejos habían excavado varios agujeros que utilizaban como entradas y salidas. El hombre inspeccionó los alrededores, husmeando en cada una de las cavidades que encontraba. Cuando se convenció de que no había más agujeros de los él que había visto, buscó piedras pesadas. Con cuidado, trasladó las piedras hasta la conejera, colocándolas en las cavidades para bloquear las salidas. Solo dejó dos agujeros abiertos. Uno lo cubrió con un trozo de piel de conejo que arrancó de su manga y lo fijó en el suelo con cuatro palos afilados. Con dos piedras que había recogido del río y una seta muy seca que había arrancado de un tocón, encendió un fuego y sopló fuerte hacia el interior de la otra cavidad, sin apartar la mirada de la piel que había clavado en el suelo. Al poco, el humo comenzó a irritarle la garganta y los ojos, provocándole lágrimas y un fuerte ataque de tos. Tardó un rato en recuperar la respiración y disipar los efectos del humo. Una vez restablecido, se levantó y vio que la piel que cubría el agujero estaba rasgada y que los palos estaban esparcidos por el suelo. Era imposible que el conejo hubiera podido romper los palos y rasgar la piel, pues los había fijado con firmeza. Se detuvo a pensar, olfateó el aire y examinó el terreno. Nada. Al llegar a una zona de barro, descubrió las huellas: un lince. Tomó la pequeña lanza de avellano y una sonrisa se dibujó en su rostro. El hombre sorprendió al animal justo cuando este se encontraba devorando un conejo. Con la lanza lista y el viento soplando a su favor, se preparó para el momento. En el último instante, el lince se giró para enfrentarlo, pero el animal había perdido la ventaja. Orgulloso, el hombre regresó al lugar donde descansaba su hijo, con los hombros en alto y caminando lentamente para que el niño viera lo que llevaba colgado a su espalda. ¡Había cazado un lince! ¿Quién podría dudar ahora de su habilidad para cazar? Una vez que hubiera descansado y comido, se encargaría de preparar la piel para hacerse una nueva capucha. El niño sonrió a su padre y se levantó del rincón donde había estado echado. –¿Has podido dormir? –preguntó el hombre, dejando caer el lince muerto a los pies del niño, con la satisfacción de un cazador que espera que su hijo sienta orgullo de su padre. –No. Estoy intranquilo. Tengo la sensación que alguna bestia me acecha. Pero veo que has traído comida. Un lince es mucho mejor que un conejo –respondió el niño, acariciándose el estómago y sacando la lengua. –No percibo ninguna amenaza. El lince era joven. Los adultos no se dejan acorralar tan fácilmente. ¡Mira qué cabeza tan grande tiene! Hoy me esforzaré al máximo. Mañana tendré lista mi capucha. –Necesitarás más tiempo para curtir esta piel. No dispones de las herramientas adecuadas. Además, debes dormir –dijo el niño, mirando con envidia la majestuosa cabeza del felino. –Aunque no esté terminada, la llevaré puesta. Debemos abandonar este bosque. Necesitamos avanzar por los prados abiertos. Debemos dejar atrás el territorio del grupo. De lo contrario, los cazadores nos alcanzarán. El lince aún conservaba el calor y no les costó de eviscerar. Mientras el hombre mantenía tenso el animal, el niño realizó un corte desde la garganta hasta el ano, retirando las vísceras para que los fluidos corporales no mancharan la preciada piel. –No podemos encender fuego. Nos lo comeremos crudo –anunció el hombre, partiendo el hígado y entregando una mitad al niño. –No hay problema. Estoy hambriento. El hígado no fue suficiente para saciar el hambre del niño, así que este tomó un cuchillo y se dispuso a separar una de las patas del animal. –Deja ese muslo. Coge el corazón, los ojos y la lengua –exclamó el hombre. –Déjame a mí los riñones. El cerebro no debemos tocarlo. Si aplasto el cráneo, arruinaré la piel. La carne de las patas nos la llevaremos. Nos dará de comer varios días más. Absortos en su tarea de alimentarse, padre e hijo no se dieron cuenta de que algo se acercaba. No fue hasta que el viento les trajo el hedor de la bestia que ambos se alertaron. El hombre agarró la lanza y el niño recogió una piedra del suelo. El niño tenía razón; una criatura los acechaba. –No te muevas de mi lado –ordenó el hombre. –¿Qué es? Huelo una bestia que no identifico –preguntó el niño, asustado. –¡Hiena! –respondió el hombre, levantando la lanza por encima de su hombro. –¿Es una hiena o son varias? –No estoy seguro. Creo que solo hay una. –¿Qué hacemos si se acerca? –No se acercará. –Pero si lo hace, ¿qué hacemos? Las hienas son enormes. No podrás clavarle la lanza solo. Si estuvieran aquí los otros cazadores... ¿Corremos hacia aquellos árboles? ¿Trepamos a lo alto de un pino? –Las hienas son más rápidas que nosotros. Mantén la calma; no se acercará. El hombre cometió un error, porque la hiena sí se acercó. La hiena Al macho de hiena le sorprendió ver a un humano deambular solo con su cría. Por lo que había observado, los humanos solían agruparse en pequeñas manadas y nunca andaban solos. Había estado siguiendo el rastro de su presa durante un tiempo, y al fin la encontró, solo para llevarse una gran decepción. El animal esperaba atrapar un tejón debilitado, pero se topó con una cría humana ya crecida que, curiosamente, llevaba un tejón muerto sobre su cabeza. Con los humanos había que ser cauteloso; sus palos eran tan afilados como los dientes de cualquiera de ellas. Al ver al humano adulto acercarse, el joven macho lamentó no haber saltado antes sobre la cría, cuando esta estaba sola. Así que evaluó sus opciones; él era más corpulento y fuerte que los dos humanos débiles, y tenía claro su paradero. En cambio, los humanos aún no lo habían visto, aunque uno de ellos empuñaba un palo afilado. Podía flanquearlos y atacarlos por la retaguardia; si se deslizaba en silencio, ningún sonido delataría su acecho. La hiena notó que el viento cambiaba de dirección y aprovechó esa ventaja para moverse, complacido al ver que los humanos seguían concentrados en los arbustos que él había dejado atrás. Llevaba días sin comer y su estómago rugía de hambre. El aroma de la sangre del lince descuartizado intensificó su apetito y el macho comenzó a salivar copiosamente mientras aguardaba el momento oportuno. Primero intentaría sorprender a los dos humanos, deseando que huyeran sin necesidad de enfrentarse a ellos; con el lince muerto le bastaría. Pero si los humanos se negaban a abandonar la presa, entonces no dudaría en atacar. Su primer objetivo sería el más vulnerable, el niño, que no llevaba ningún palo afilado. Así podría hacer que el adulto se retirara despavorido. Tenía hambre, deseaba comer, y aquella parecía una estrategia prometedora. Los humanos El hombre tuvo el tiempo justo de girarse, empujar al niño con un movimiento brusco e impulsar con fuerza el brazo que tenía levantado a la altura del hombro. La rama de avellano, con su extremo afilado, se incrustó en el muslo de la imponente bestia que se abalanzaba sobre el niño. La punta solo logró penetrar débilmente en la resistente piel de la hiena, rompiéndose la rama y dejando la mitad en el suelo. La hiena se detuvo de golpe, soltando un grito agudo, y luego, con un giro ágil, utilizó su poderosa mandíbula para arrancarse el trozo de avellano de su pierna. Con una risa nerviosa, se alejó cojeando hacia la espesura del bosque. —¿Cómo lo has hecho? —preguntó el niño, con sus ojos fijos en la distancia entre su padre y el trozo de vara que reposaba en el suelo. —¡No te acerques! No sabemos si ha escapado. Podría estar escondida entre los arbustos —gritó el hombre, visiblemente nervioso. —¿Cómo lo has hecho? La lanza se ha hundido en su muslo. ¡La hiena estaba muy lejos! —exclamó el niño, tratando de calcular la distancia que había recorrido la lanza. —¡Te he dicho que no te acerques! —el hombre, aún tembloroso, golpeó suavemente la cabeza de su hijo con el puño cerrado para hacerle entender que acababa de dar una orden. El niño comprendió que, si no fuera por la lanza que había volado, la bestia se habría abalanzado sobre él, y ahora su cabeza podría estar aplastada entre los dientes del animal. Se agachó y recogió los dos fragmentos de la rama de avellano. Mientras intentaba volver a unirlos, se volvió hacia su padre. —¿Pero, tú has visto lo que has hecho? ¿Cómo es posible? —¡Vámonos! Las hienas nunca actúan solas. El resto del clan debe estar cerca. —No me has respondido. ¿Cómo lo has hecho? Las lanzas se clavan. Las lanzas no vuelan. ¿Cómo lo has hecho? —insistió el niño, con curiosidad. —Te lo explicaré esta noche. Cuando estemos lejos de aquí. Cuando tengamos la protección de un buen fuego. ¡Ahora, muévete! Al echárseles la noche encima, padre e hijo habían avanzado una distancia considerable, dejando atrás valles, riachuelos y colinas. La fatiga era evidente en sus cuerpos, pero una sensación de seguridad iba creciendo en ellos. Se acercaban al límite del territorio del último grupo que los había acogido y sabían que, al amanecer, esa etapa quedaría atrás. Entonces, el alivio sería mayor, pues ningún cazador se atrevería a cruzar esas fronteras en busca de una presa. Ya sin la luz del día, el hombre se esforzaba en encontrar ramas de pino rectas y de igual longitud, mientras su hijo había encendido un fuego y recogía pinaza, siempre atento a los movimientos de su padre. Cuando todo estuvo listo, ambos se quitaron las pieles de conejo y las dispusieron sobre la estructura de palos que el hombre sostenía con enredaderas. Dejar un buen espacio abierto sobre el fuego era esencial. Una vez dentro de su improvisado refugio, padre e hijo compartieron la carne del lince cazado esa misma mañana. El niño seguía sintiendo un ligero desdén hacia su padre, a quien siempre había visto como un inepto. Pero en ese instante, una nueva perspectiva comenzó a crecer en su mente: tal vez no era tan inútil, después de todo, si era capaz de hacer volar palos afilados. –¿Vas a explicármelo o no? El hombre, absorto en su tarea de alcanzar el fémur del lince para romperlo y extraer la sustanciosa médula, respondió a su hijo con desdén. –Una vez, hace tiempo, tuve una lanza que volaba. –¿Cuándo? Nunca te he visto hacer eso. Tú no cazas con la lanza. Los hombres no te quieren con ellos. Tú... –Hace mucho tiempo. Cuando tú tenías pocas lunas. Del mar llegaron unos cazadores. Ellos traían lanzas que volaban. Ellos acabaron con nuestro grupo. –¿Qué? ¿Acabaron con el grupo? ¿Quiénes eran esos cazadores? –Eran distintos. Tenían lanzas que volaban. Mataron a todos. Sin ni siquiera acercarse –dijo el hombre, con la cabeza baja, encorvado por el peso de recuerdos lejanos y dolorosos, moviéndose rítmicamente adelante y hacia atrás. El niño luchaba por creer lo que su padre decía, pues nunca antes le había contado algo así. –¿Por qué nosotros seguimos vivos? –Nosotros logramos escapar. Antes de huir, cogí una lanza voladora. Pero se rompió con el tiempo –el hombre continuaba balanceándose, buscando la forma de contar lo que prefería ocultar a su hijo. –¿Y madre? –Está muerta. Tengo sueño. No quiero hablar más. Ya te he lo contado suficiente. Cuando seas mayor, seguiremos esta charla. ¡Ahora calla y duerme! –¿Cómo murió? –preguntó el niño, sorprendido por la revelación inesperada. –¡A dormir! –¿Cómo murió? –¡A dormir! Cállate, o no te contaré nada más. –¿Por qué atacaste al cazador? –insistió el niño, confundido por todo lo ocurrido. –No lo sé. ¡Cállate y duerme! Mañana tenemos mucho camino por delante. Deberíamos encontrarnos con un grupo. –¡No quiero otro grupo! –protestó el niño–. No quiero pasar por lo mismo. ¡Otra vez no! ¿Podríamos vivir solo tú y yo? ¿Sin nadie más? –No. –¿Por qué no? –Ya has visto lo que ha pasado hoy. ¡Mira lo que ha sucedido con la hiena! Necesitamos la protección de un grupo. Tú necesitas aprender de los cazadores. Yo necesito mujeres. –¿Mujeres? ¿Para qué? ¡Nunca has estado con ninguna! No necesitamos a nadie. Hoy me defendiste bien de la hiena. Podrías hacer más lanzas voladoras. Podrías enseñarme a hacerlas volar. –Por supuesto que necesitamos un grupo. Un hombre no es nada sin él. Un hombre vive poco tiempo solo. –Pero, las lanzas que vuelan... –Nunca más volveré a hacer volar una lanza. –¿Por qué? –Cuando las lanzas vuelan, ocurren cosas terribles. –¿Qué dices? ¡Hoy ahuyentaste a una hiena tú solo! –Encontraremos un grupo donde los cazadores te protegerán. No vuelvas a hablar de lanzas voladoras. ¡Nunca más! El hombre golpeó levemente la cabeza del niño, buscando que comprendiera que hablaba en serio y que la conversación había llegado a su fin. Durante varios días, padre e hijo caminaron sin descanso, siguiendo el curso del río hasta que llegaron a su desembocadura. Allí lograron cruzar a la orilla opuesta sin demasiadas complicaciones. Luego, avanzaron por la playa, atravesando numerosos humedales y finales de torrentes, hasta encontrarse con otro río caudaloso que también derramaba sus aguas en el mar. Una vez en la orilla opuesta, comenzaron a ver marcas rojas en lugares destacados. –¡Ves! Tenía razón, aquí hay señales frescas –exclamó el hombre, sintiéndose más aliviado al encontrar rastros de otros humanos. –¿De qué grupo son estas marcas? –preguntó el niño, trazando con sus dedos dos líneas sinuosas y paralelas, dibujadas en un tono rojizo sobre una roca anclada en la arena. —No lo sé. No reconozco estas señales. ¡Apúrate! No te quedes atrás. Los cazadores deben estar en los humedales. No deben andar lejos. Allí donde vuelan los gansos —dijo el hombre, señalando el horizonte con un gesto amplio. –¿Qué pasará cuando nos vean? –Ya sabes qué sucederá –respondió el hombre, intentando ocultar una mueca nerviosa. –Sí, lo sé. Volverás a tener miedo. Ningún cazador querrá tenerte cerca. El hombre aceleró el paso, ignorando las palabras de su hijo, cansado de tener que justificarse. El niño, consciente de lo que se avecinaba, frunció el ceño. Mientras reanudaba la marcha, gritó que nunca tendría miedo, que se volvería fuerte y que se convertiría en un gran cazador. Su padre no replicó, aunque en su interior sabía que esa idea era completamente imposible.
- EL NIÑO TEJÓN - CAPÍTULO 2 - EL GRUPO DE LA COSTA
II. En algún punto del actual delta del río Llobregat La chica Los gritos de la chica no llegaban al campamento, por lo tanto, nadie vendría a ayudarla. Así lo había querido ella. Los dolores del parto comenzaron a media tarde, en el campamento de la playa. Tras la primera contracción, la chica, sin decir una palabra a nadie, se encaminó hacia los humedales, convencida de que allí encontraría la tranquilidad que necesitaba, ya que aquella tarde los hombres no saldrían a cazar. No deseaba que nadie viera su hijo, ni mucho menos que le echaran en cara que fuera un niño mal hecho, por su culpa. Pariría sola, y sola mataría a su hijo. Era su primera criatura y ella sabía que el parto no debería desarrollarse de aquella manera. Debería haber estado rodeada de mujeres que la acompañaran, que la tranquilizaran, que le dijeran que todo iría bien y que tendría un niño fuerte y sano. Sin embargo, en ese instante, ya nada podía hacerse para que aquel niño viviera. Agachada entre los juncos, se sintió demasiado pequeña para pasar por aquella experiencia sola. Siempre le habían dicho que su rostro, mucho más redondo de lo que era habitual en las chicas de su grupo, y su baja estatura, le daban la apariencia de ser más joven de lo que en realidad era. Era consciente de que era diferente; unos enormes ojos verdes y una larga cabellera rubia le otorgaban un aspecto infantil, pero a la vez encantador. Siempre había sido una niña preciosa y ella lo sabía. Con la espalda encorvada, levantó la mirada y vio cómo el sol se ocultaba tras las colinas, mientras las nubes, incluso las que colgaban sobre el mar, cambiaban lentamente de color, transformándose de un blanco sucio a un intenso tono rosado. También sintió que la temperatura descendía y que el sudor, que empapaba su pelo, comenzaba a enfriar su cuerpo. Su corazón latía con fuerza, asustada por el dolor intenso. El recuerdo de una madre que nunca conoció cruzó su mente; las mujeres morían en los partos. No todas, por supuesto, pero sí muchas de las que habían sido parte de su grupo. El niño estaba a punto de nacer, los dolores se intensificaban, y la joven apartó sus temores para concentrarse en expulsar la criatura y permanecer viva. Los gansos pasaron volando sobre el carrizo, en dirección a la laguna. Se estaban reuniendo para pasar la noche y en el aire comenzó a resonar el cloqueo de las aves que iban aterrizando. En poco tiempo, solo se escuchó aquel bullicio. Las contracciones se volvieron más frecuentes y la chica no pudo contener un grito desgarrador que sorprendió a las aves congregadas en el otro lado de los juncos, que no se habían percatado de su presencia. Centenares de gansos de diversas especies alzaron el vuelo, ruidosamente, tratando de volar lo más rápido posible sin colisionar entre sí. En un suspiro las nubes se tiñeron de un rojo aún más intenso, casi tan intenso como la sangre que empezaba a deslizarse por los muslos de la chica. Finalmente, la criatura llegaba y ella podría descansar. Un niño emergió, súbitamente, en medio de una bocanada de sangre que rápidamente fue absorbida por la arena. La joven no tomó a la criatura en brazos, pero sí se incorporó un poco para verlo, un instante. Y se sorprendió al notar que el niño parecía normal, un poco pequeño, pero bien formado. La anciana le había repetido innumerables veces que el niño que naciera sería frágil y mal constituido. Cortó el cordón umbilical con los dientes, volvió a mirar hacia arriba y observó cómo una media luna emergía en el horizonte, mientras el sol se ocultaba tras las colinas, y le pareció que el cielo también reflejaba el color de su sangre. La bandada de gansos se alejaba, y el ruido se atenuaba. La placenta había sido expulsada y el niño se movía de manera espasmódica entre los restos gelatinosos acumulados en la arena. La chica apartó la mirada, se giró levemente y se preguntó cuál sería la mejor forma de deshacerse de aquella criatura. El sonido de unos pasos en la arena la sacó de sus pensamientos, alguien se acercaba. Reconoció el olor y supo de quién se trataba. Siguió con los ojos cerrados, simulando estar dormida. No sabía si el niño aún vivía, pero oyó que se lo llevaban y se sintió aliviada, pues no tendría que arrojarlo al agua y presenciar como se ahogaba. La calma regresaba a la laguna, y la chica se sentía más serena ahora que ya no tenía a la criatura entre las piernas. Continuó con los ojos cerrados, intentando descansar y no pensar en nada, pero los gritos ásperos de otras aves que se acercaban hicieron que abriera abrir de nuevo los ojos y levantara la mirada al cielo. Múltiples bandadas de grullas volaban desde los prados que había entre las lagunas y las colinas, en dirección a los humedales. A medida que aquellas aves, que volaban en formación, se aproximaban, el ensordecedor sonido retornaba. En poco tiempo, centenares de aves de patas delgadas y cuello largo empezaron a aterrizar en las pequeñas islas del centro de las lagunas. Las grullas también se reunían para pasar la noche, ahora que los gansos se habían ido, y ellas podrían encontrar suficiente espacio para estar tranquilas. Eran días en que las aves se preparaban para migrar hacia el norte, más allá de las colinas, más allá de los territorios de invierno, más allá de la tierra que la chica conocía. La chica se incorporó y se tapó las orejas con las manos. No soportaba los gritos estridentes de aquellas aves, menos aún si las tenía encima. Comenzó a caminar, con paso vacilante, hacia el campamento de la playa. Necesitaba tranquilidad y un buen descanso. Se sentía tan exhausta y triste como nunca antes lo había estado. El humano y su hijo El niño se entretenía cogiendo conchas de la arena y lanzándolas al mar. De vez en cuando, el hombre se giraba para recordarle que no se quedara atrás, que aún les quedaba un buen trecho hasta el lugar donde él suponía que el grupo habría instalado el campamento. Caminaban por la playa, siguiendo la orilla del mar, tal como lo habían hecho en los días anteriores. Sabían que debían apresurarse, pues si no encontraban el campamento pronto, tendrían que improvisar un refugio para pasar la noche. Desde hacía un buen rato, el sonido de los gansos los acompañaba, y a lo lejos los vieron alzar el vuelo. Si esos gansos estaban por los humedales, los cazadores del grupo no debían andar muy lejos. Era crucial hallar el campamento antes de que oscureciera. El hombre lanzó una mirada a su izquierda y se percató de que el sol estaba desapareciendo detrás de las colinas, a la vez que una media luna empezaba a hacerse presente sobre el mar. Una luna como aquella les daría suficiente luz para seguir avanzando un poco más, a pesar de que él sabía perfectamente que no veía bien a distancia, y menos cuando oscurecía. De repente, un pequeño animal apareció corriendo hacia ellos, por la misma orilla del agua. El hombre levantó su lanza y esperó. Cuando el animal se acercó, bajó la lanza; no había peligro, era un zorro. Ni él ni el niño disfrutaban del sabor de su carne; preferían el conejo. El zorro pasó velozmente, rozando casi a los dos humanos, sin desviarse de su trayectoria, como si no los hubiera visto. –¡Date prisa, hijo! –exclamó el hombre, impaciente. –¿Lo has visto? Parece que lleva carne en la boca –gritó el niño, apresurándose hacia donde había avistado el zorro –Sí, también me he dado cuenta. Mira estos regueros de sangre. ¡Hoy volveremos a comer carne tierna, hijo mío! –¿Qué llevaba en la boca? No parecía que tuviera plumas. Que el zorro llevase comida fresca en la boca era muy buena señal. El niño sabía que eso significaba que las hienas aún no habían llegado al cadáver que el zorro había encontrado. Cuando las hienas encontraban un cadáver, no permitían que nadie se acercara hasta que ellas estaban saciadas. Y entonces ya no quedaba nada que comer. Si se apresuraban, aún podrían probar parte de aquella carne. Apareció inesperadamente, tras unas rocas que se hundían en el mar. Era enorme. Ni el hombre ni el niño supieron reaccionar porque nunca habían visto nada parecido. –Padre, ¿qué es? –preguntó el niño, acercándose al animal y acariciando con la mano la suave piel de la enorme criatura que no tenía patas. El hombre se arrodilló en la arena y examinó con atención el pequeño ojo del rorcual. –Sé lo que es. He oído hablar de él. A los viejos del grupo donde naciste. Es una ballena. –¿Por qué nunca hemos visto ninguna? –Viven en el agua. Pero a veces se acercan a la arena. Entonces no pueden regresar al agua. Entonces mueren. La carne se puede comer –explicó el hombre, sacando un cuchillo de piedra para comenzar a descuartizar el animal, que aún respiraba. Sin previo aviso, unas piedras golpearon la espalda del hombre. Un grupo numeroso de hombres y mujeres, armados con lanzas, se acercaban corriendo y gritando, y parecían bastante enfadados. El hombre dejó el cuchillo y la lanza en el suelo, se arrodilló en la arena, con los brazos abiertos, las palmas hacia arriba y la cabeza gacha. El niño lo imitó. Ya habían pasado por aquella situación otras veces. Si se mostraban sumisos, todo saldría bien. El zorro El zorro recorría la playa desde hacía un buen rato, explorando cada rincón con la esperanza de encontrar algún resto del que alimentarse. Durante todo el día había merodeado por el campamento de los humanos, pero estos no habían desechado ningún resto y él no había logrado encontrar ni un hueso para saciar su hambre. A pesar de ello, había tenido suerte de que los hombres acamparan cerca de su madriguera. El hecho de haber perdido las crías en otoño, cuando ya estaban casi crecidas, hizo que la hembra volviera a entrar en celo en una época inusual. Nunca antes habían tenido crías en aquella época del año. Si esto hubiera pasado en otro lugar, las crías seguramente ya estarían muertas. Sin embargo, la costumbre de los hombres de arrojar las sobras de sus comidas al exterior del campamento les ofrecía a los zorros una oportunidad de alimento fácil y sin riesgos. Quizás, si los hombres permanecían en aquella playa unos días más, ellos podrían seguirlos cuando se marcharan, ya que las crías estarían listas para acompañar a los adultos. Cansado de no encontrar alimento en el campamento de los hombres, el zorro pasó la tarde oculto entre las hierbas altas de las praderas cercanas, sin conseguir nada que le fuera de provecho. Sabía que la hembra y los cachorros lo esperaban en la madriguera. Sabía que tenían hambre, como él. Entonces decidió dirigirse hacia los humedales, convencido de que allí, tarde o temprano, hallaría algún resto para llevar a la zorrera. No tuvo tiempo de abalanzarse sobre ninguna de las aves allí congregadas, ya que los gansos lo vieron y comenzaron a emprender el vuelo, cloqueando escandalosamente. El zorro observó cómo aquellas aves se alejaban y comenzó a explorar el lugar que habían ocupado momentos antes, en busca de alguna que se hubiera quedado atrás, incapaz de volar. Pero no encontró nada. Sin embargo, el viento cambió de dirección y, de pronto, percibió el dulce aroma de la sangre. Seguir su rastro fue fácil, pues el viento soplaba a su favor. Vio a un humano tendido en la arena, entre el carrizo. Era una hembra que permanecía inmóvil, aunque el animal notó que respiraba con normalidad. Se acercó con cautela, paso a paso, y al llegar frente a ella, vio que, en medio de una masa gelatinosa, había una cría recién nacida. ¡Ahora sí, sus pequeños tendrían comida! ¡Ahora, sí que su compañera se alegraría! El frío aún era intenso y no era tiempo de criar, sino de sobrevivir. Y ellos tenían cachorros aún pequeños que difícilmente resistirían hasta la primavera sin suficiente alimento. El zorro se fue acercando, atento a cualquier movimiento de la mujer. Sabía que si ella tenía una lanza podría ser peligrosa. Agarró a la criatura entre sus dientes, con mucho cuidado ya que aún estaba viva y no quería dañarla. Sentir aquella carne en su boca despertó su apetito. Había pasado demasiado tiempo alimentándose de carcasas y huesos vacíos. Sin querer, comenzó a segregar saliva y jugos gástricos, y la tentación de masticar a aquella criatura se volvió irresistible. Pero se resistiría, se la llevaría entera a su compañera. Así, la hembra podría ofrecerles a sus pequeños esa carne jugosa para alimentarlos, puesto que habían pasado más de dos lunas y ya no mamaban. Esa noche, tendrían la ocasión de saborear un pedazo de una de las carnes más exquisitas y escasas que existían. Mientras el zorro corría por la playa, los ojos le brillaban pensando cómo de contenta se pondría su compañera. Ni siquiera se detuvo al encontrarse la ballena varada en la arena. Ni siquiera vio al hombre y al niño cuando pasó por su lado. Los humanos del grupo de la costa Las expresiones de los humanos que se acercaban con rapidez hacia el hombre y el niño no hacían presagiar nada bueno. Poco antes, la mujer Aba había salido del campamento en busca de Usu, la joven que había desaparecido a media tarde. A la chica le faltaba muy poco para parir y la mujer estaba preocupada por ella. Fue entonces cuando encontró la ballena varada en la orilla. Sin perder tiempo, regresó al campamento para informar de su sorprendente descubrimiento, y todos se apresuraron a recoger sus herramientas de piedra afiladas para dirigirse a la playa. Ver que unos extraños habían llegado antes que ellos no les hizo ninguna gracia. El jefe Uru, el hombre que dirigía a los otros hombres en las cacerías, se plantó frente al extraño que estaba arrodillado, y al notar su actitud sumisa, clavó la lanza en la arena. Detrás de él, cuatro hombres se mantenían alerta, cada uno con una lanza preparada. Uru observó detenidamente al hombre agachado en la arena, notando su peculiar atuendo: una abundante vestimenta de pieles de conejo y una capucha de lince a medio curtir. A su lado, el niño portaba una piel de tejón en la cabeza, y también estaba cubierto de pieles de conejo. En contraste, los miembros del grupo llevaban cálidas pieles de ciervo, que habían cazado el otoño anterior en el paso del desfiladero, y solo se abrigaban el torso, dejando las piernas libres para poder correr. –Perdonad a este hombre y a su hijo. No queríamos robar vuestra comida. No sabíamos que era vuestra presa –dijo el hombre arrodillado con voz temblorosa, sin levantar la mirada de la arena. Uru mantuvo su mirada fija en el desconocido durante un buen rato, en silencio, reflexionando. Había comprendido la mayor parte de lo que el hombre había dicho, a pesar de que le notaba un acento extraño, por lo que dedujo que aquel hombre debería de venir tierras lejanas. –¿De dónde venís, hombre lince y niño tejón? ¿Por qué estáis cogiendo nuestra carne? ¡Y tú, el mayor, quítate las pieles! –ordenó Uru, con el tono más autoritario que fue capaz de hacer–. ¿Qué escondes bajo los conejos muertos? ¿Una lanza? ¿Una piedra afilada? El hombre que estaba arrodillado en la arena encontró raro que el jefe de los cazadores se dirigiera a él como hombre lince y al niño como niño tejón. No eran esos sus nombres, pero si así lo deseaba el jefe, así se llamarían en adelante. Levantó la cabeza, se quitó la capucha y, lentamente, se despojó de las pieles que lo cubrían. El niño permaneció con la mirada baja, cubierto, esperando la reacción de aquellos extraños. Involuntariamente, Uru retrocedió un paso, con el corazón acelerado, como si estuviera a punto de clavar la lanza en una presa que intentaba escapar. No entendía lo que veía. El hombre frente a él era extremadamente delgado y, sobre todo, diferente. Uru dio un par de pasos hacia adelante, recuperando la compostura, y se concentró en el extraño, que seguía con la cabeza agachada. La falta de musculatura en sus piernas y brazos, las costillas marcadas, el vientre hundido y la ausencia de grasa no eran lo que más lo desconcertaba. Lo que realmente le causaba inquietud era la incapacidad de determinar la edad de aquel hombre, que parecía a la vez viejo y joven. Su cabello, del color de la nieve, y sus cejas y barba, del mismo tono, le conferían un aire de ancianidad. No obstante, la piel del extraño era tan suave como la de un recién nacido, de un color que recordaba a las flores de las zarza. Cuando el extraño levantó la mirada y sus ojos se encontraron con los de Uru, este sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Nunca había visto ojos tan peculiares; ni siquiera en sus propios hijos gemelos, que tenían miradas diferentes al resto del grupo. Los ojos del hombre eran del color del cielo en un día despejado. Uru se dio la vuelta y se encontró con las caras desconcertadas de hombres y mujeres que lo rodeaban. A ellos también les inquietaban esos ojos tan claros. El hombre que permanecía arrodillado, al percibir la reacción del grupo, inclinó la cabeza y dejó que su mirada se perdiera en la arena. Uru aún dudaba sobre si el hombre y el niño podían ser una amenaza para el grupo. Sabía que debía tomar una decisión. Todos los presentes, desde los más pequeños hasta los más ancianos, esperaban su veredicto para empezar a descuartizar la ballena que ya había dejado de respirar. Uru ordenó al hombre lince que levantara la mirada y abriera bien los ojos. Deseaba observar de nuevo aquellos ojos peculiares. El hombre obedeció, sintiéndose humillado y vulnerable, anhelando recuperar su dignidad y volver a taparse con las pieles de conejo. El niño, con la mirada baja y mordiéndose el labio inferior, deseaba que esa situación se resolviera pronto porque temía que le pidieran a él también que se despojara de sus pieles. —¿Qué te sucede en los ojos? ¿Ves o eres ciego? —preguntó Uru, acercándose a la cara del hombre y frunciendo el ceño en un intento de penetrar en la profundidad de sus ojos. —Mis ojos están bien. Veo perfectamente —respondió el hombre, a pesar de que siempre había tenido problemas para ver a distancia, especialmente al caer la noche. —Tienes ojos del color del cielo —dijo Uru, señalando hacia arriba para mayor claridad. —Sí, lo sé, ojos de cielo —replicó el hombre, echando un vistazo al niño que permanecía callado a su lado. —¿Estás seguro de qué ves? —Uru comenzó a mover la mano frente a la cara del hombre, recordando que de pequeño había visto a un anciano del grupo perder la visión cuando se le puso un velo blanco sobre los ojos. —Sí, veo —insistió el hombre, arriesgándose a apartar la mano de Uru. A Uru no le gustó que le apartaran la mano, frunció el ceño, pero no dijo nada. Se agachó, tomó la lanza clavada en la arena y comenzó a tocar la carne del desconocido con la punta. —Parece que hace días que no comes. Estás muy delgado. No tienes carne ni grasa. ¿Qué te ha pasado en la piel? ¿Y en el cabello? —preguntó Uru, trazando con cuidado la forma del cuerpo del hombre, temiendo que se rompiera en cualquier instante. La mujer Aba, que era quien se encargaba de organizar las tareas en los campamentos, observó al niño arrodillado en la arena. Se acercó a la ballena y cortó un trozo de carne, entregándoselo al niño. Este levantó la vista, se quitó la capucha y, al cruzar miradas con la mujer, ella dio un salto hacia atrás, dejando caer la carne en la arena. El niño era tan extraño como el hombre. A pesar de estar cubierto con pieles de conejo, Aba notó que el niño estaba muy delgado y que su expresión delataba que no había comido bien en mucho tiempo. –Este es mi hijo. Venimos de muy lejos. Estábamos con un grupo. Uno que tiene el territorio hacia allá –con la mano señaló en la dirección de donde venían–. Ya no estamos con el grupo. Ahora estamos cansados. Ahora tenemos mucha hambre. Os pedimos compartir vuestro fuego. Os rogamos compartir vuestra comida. Solo durante unos pocos días. Hasta que estemos más fuertes. Entonces continuaremos nuestro viaje. Entonces no os molestaremos más. Uru continuaba pensativo, sin decidir si el hombre y el niño podían representar alguna amenaza para el grupo. –¿Y si son como aquel mirlo color nieve? El que tenía el nido cerca del desfiladero. ¿Te acuerdas Uru? Durante la cacería de caballos. La hembra era normal. Pero el macho era color nieve, como estos –comentó uno de los cazadores, refiriéndose a los dos extraños. Uru permaneció en silencio, confundido. Otro recuerdo relampagueó en su mente: el rostro risueño de la mujer que más había amado, apareciendo y desapareciendo como un destello, dejándole un sabor amargo. –O como aquel corzo muerto por Uyu. Seguro que tu, Uru, lo recuerdas. Aunque entonces eras todavía un crío. Uyu me entregó la piel. Era una piel muy hermosa. Era toda del color de la nieve. Todas las mujeres la querían, pero era mía –comentó una mujer muy vieja que se había abierto paso hasta situarse junto al jefe de los cazadores. Y de nuevo ocurrió. Una punzada en la sien le trajo a Uru la imagen de una bella mujer rubia de ojos verdes. Solo un instante, un suspiro, pero lo suficientemente intenso como para obligarle a encerrar de nuevo ese doloroso recuerdo en lo más profundo de su ser. –¿Uru, me escuchas? –preguntó la vieja Izi, percatándose de que algo le pasaba al líder. –Sí, te escucho. Sucede con algunos animales. No sé el porqué. Pero pasa. Excepto el color, son normales –respondió Uru, más centrado ahora que había vuelto a bloquear aquel recuerdo punzante. Era el momento de decidir. Uru observó las pieles del conejo que el hombre había dejado caer. Miró las pieles de ciervo que cubrían su propio cuerpo y se dijo que las suyas eran mejores. Luego, observó su brazo, más grueso y musculoso que los flacos muslos del extraño, y sonrió. Finalmente, fijó la mirada en los genitales del hombre y, al comparar, no pudo evitar reírse. Uru había tomado una decisión: ni el hombre ni el niño representaban peligro alguno para su grupo. Y aunque él no lo sabría hasta mucho más tarde, había errado en su decisión.







